Nosotros vimos nacer la leyenda

La Liga

Calma, el rey es Cristiano

Minuto 70 de partido. Alexis consiguió embocar toda una serie de rechazos en el área de Casillas para poner el empate en el marcador, la Liga en un puño y el Camp Nou boca abajo. Quedaban 20 minutos para el final y el público azulgrana veía posible darle la vuelta a un partido que se había puesto cuesta arriba. La crítica situación iba a medir la madurez del equipo de Mourinho.

Apareció el mejor Cristiano Ronaldo

Y Cristiano Ronaldo emergió para dar un puñetazo encima de la mesa y finiquitar la Liga. Özil filtró un pase maravilloso al portugués (lo más fácil era prolongar para la carrera de Di María, que ya apuntaba el desmarque) y Cristiano rebasó a Valdés. “Calma, calma, calma”, acertó a decir el ‘crack’ luso.

Con su celebración, tal vez con un punto de chulería, escenificaba el cambio de régimen y le decía al mundo que ahí estaba él. Seguramente, quedará dentro de la memoria colectiva madridista de la misma forma en la que quedó la imagen de Raúl silenciando el Camp Nou.

Lo cierto es que a Cristiano se le podrán discutir muchas cosas, pero no su insurgencia. En una época dominada por Leo Messi, la mejor virtud del luso ha sido desafiar a la lógica. El argentino es el mejor jugador del mundo, pero el portugués ha decidido la Liga. Se echó a su equipo a la espalda en el Calderón, hizo el gol que adelantaba al Madrid frente al Sporting en el Bernabéu y decidió el choque ante el Barça.

A un gol de marcar a todos los equipos

Tras su decisivo gol en el Camp Nou, Cristiano se encuentra a un paso de lograr otro registro estratosférico. Si CR7 consigue marcarle un tanto al Mallorca, le habrá hecho al menos un gol a todos y cada uno de los equipos de la Liga BBVA esta temporada, algo que no ha logrado nadie en la historia de la competición. Otro guarismo más que daría brillo a una temporada descomunal.

Encabeza el ‘Pichichi’ con 42 goles, uno por encima de Messi, y ha conseguido que su pólvora sea tan letal tanto en el Bernabéu como fuera de casa. El portugués ha metido 21 goles en casa y otros tantos lejos de Chamartín. Si el Madrid consigue el doblete, el Balón de Oro será suyo.


Tacón de oro

El Real Madrid venció en Vallecas porque tiene a Cristiano Ronaldo y porque Fernández Borbalán masacró al Rayo. Ganó el Madrid porque le sobra la pegada que le faltó a un ambicioso Rayo, que jugó más y mejor e hizo méritos suficientes para llegar al gol antes que el Madrid. Su falta de tino en el remate acabó condenando a los vallecanos, que siempre miraron de frente a su ilustre visitante y nunca perdieron la cara al encuentro. Otro ejercicio de dignidad del Rayo, un equipo que entiende que la posesión del balón es la mejor forma de defenderse. Con esa filosofía puso en aprietos al Madrid durante buena parte de un encuentro del que no mereció irse derrotado.

El partido fue una demostración más de que el Madrid no necesita jugar bien para ganar y que cuando salta al campo sin la actitud y sin la intensidad necesarias, cualquier rival es capaz de hacerlo un lío. Cuando la iniciativa y el balón fueron del Rayo, el Madrid sufrió. Así fue durante todo el primer tiempo y en el tramo final del choque. Tras el descanso el Madrid salió más espabilado, adelantó líneas, se atrevió a presionar más arriba y acabó imponiendo su superioridad física. Aunque todo ello hubiera quedado en nada sin Cristiano, el único futbolista del Madrid que quiso la victoria desde el inicio. Se inventó un golazo de tacón apenas nueve minutos después de pasar por los vestuarios y a partir de esa acción, el partido fue para el Rayo como un intento de escalar el Everest sin oxígeno. Los tres únicos tiros peligrosos del Madrid en toda la tarde fueron de Cristiano. Uno acabó en gol y los otros dos los despejó un inspirado Joel, un portero con buena planta, reflejos, colocación y que transmite seguridad. Dejó inmejorables sensaciones.

La presencia del Madrid en Vallecas no intimidó al Rayo, que no varió su filosofía. Es un equipo que acostumbra a presionar la salida del contrario y exige la máxima precisión del rival en los pases y una concentración extrema. Al Rayo le sobra atrevimiento y ambición, juega el balón con descaro, no da un mal pelotazo y obliga al rival a que esté a su altura si no quiere quedar mal parado. No es un equipo que se asuste fácilmente este Rayo, que viaja por la Liga protegido con una coraza por las calamidades sufridas y regalando fútbol, con más lucimiento lejos de Vallecas.

El Madrid pareció desquiciado, incómodo, fuera de sitio, incapaz de dar dos pases seguidos. La culpa fue del Rayo, que le obligó a caminar cuesta arriba durante todo el primer tiempo. El juego fue del Rayo y el Madrid, incapaz de responder con fútbol, se entregó al contragolpe como única vía posible para intentar llegar al gol. En lo físico dominó el Madrid, en lo táctico y en el juego, el mando fue del Rayo, que llevó el partido por donde quiso.

Con Özil y Kaká durmiendo la siesta sobre el césped de Vallecas y Xabi Alonso ahogado por la presión del Rayo, sólo Cristiano se atrevió a inquietar a Joel. En estas situaciones es cuando más evidentes se hacen las limitaciones de Khedira, incapaz de estar a la altura que exige el Madrid cuando debe asumir la responsabilidad en la dirección. El alemán hace lo que puede y hay que reconocerle su abnegado esfuerzo, que ya es más de lo que se puede decir de Kaká, pero Khedira no está capacitado para manejar situaciones que requieren creatividad e imaginación.

Como tampoco está capacitado para estar en Primera Fernández Borbalán, que completó otra actuación muy deficiente, lo que ya no es novedad. Es un árbitro pésimo, que maltrató al Rayo Vallecano, perdonó la roja a Ramos por una agresión a Diego Costa que debió acabar en penalti y se inventó la expulsión de Michu por una acción con Khedira. El rayista tocó el balón y el alemán sufrió un desmayo.

Lo de Sergio Ramos fue a los 20 minutos, con todo un mundo por delante. Ramos sufrió una recaída de esas que le retrataban antaño y que ya creíamos superadas. En un intento quizá de ajustar cuentas pendientes, le dio un codazo a Diego Costa dentro del área. Le vio cómo llegaba por detrás y le saludó con un codazo cuando pasó a su altura. Una acción tan absurda como incomprensible que no venía a cuento. Ramos, que ya tenía una amarilla, debió ver la roja. Fernández Borbalán no señaló el claro penalti y solucionó la jugada con una amarilla a Diego Costa por protestar. Más argumentos para quienes defienden que en la carrera que mantienen Real Madrid y Barcelona, ninguno de los dos tiene autoridad moral para quejarse de los árbitros.

Diego Costa fue una pesadilla constante para Ramos y Pepe, a los que puso en aprietos como pocos lo han hecho últimamente. Lo acusó el Madrid y lo acusaron los centrales, más nerviosos e inseguros que de costumbre. Si la defensa del Madrid salió indemne no fue más que por la falta de puntería del Rayo, por alguna mano de Casillas y por la fortuna que también estuvo del lado visitante.

Como se vio cinco minutos antes del descanso, cuando Piti recortó con enorme facilidad a Arbeloa y lanzó un misil que se estrelló en la parte interior del poste más alejado de Casillas. El balón salió rebotado y se paseó por delante de la línea.

Con el susto todavía en el cuerpo, el Madrid inició la segunda parte con otro aire, más centrado y demostrando más intensidad, como ya ha quedado apuntado. Y a los nueve minutos se encontró con ese golazo de tacón de Cristiano que varió el rumbo del choque. El balón regateó un bosque de piernas hasta llegar a la portería.

A partir de ahí, el Madrid tuvo más presencia, que no juego, y Mourinho decidió utilizar los cambios para protegerse, todo lo contrario que el Rayo. Coentrao sustituyó al inédito Kaká, Callejón a Higuaín y Granero a Marcelo, lo que dejó a Cristiano como hombre más adelantado. Sandoval, el autor de esta gran obra que es el Rayo, retiró a Piti, Movilla y Casado para dar entrada a Lass, Trahorras y Tamudo. Metió imaginación y decidió mirar hacia delante sin importarle descubrirse atrás. Toda una declaración de intenciones.

El atrevimiento del Rayo no tuvo premio en la segunda parte porque Michu perdonó el empate, porque Casillas respondió con una mano excelente a un tiro magnífico de Casado desde más de 30 metros y, sobre todo, porque cuando el partido se consumía, Armenteros no acertó a rematar a puerta vacía. Por eso, por la falta de puntería del Rayo, Cristiano se llevó los tres puntos de Vallecas.

Cristiano celebra el golazo que da la victória.


El Madrid sigue imparable

Quien juega contra el Real Madrid no sólo se enfrenta a un equipo mejor, más dotado técnicamente, bendecido desde la cuna con la magia del talento. Se mide también a un equipo más fuerte y más ágil. Esa segunda virtud, digamos muscular, es la que impide cualquier escapatoria. El Madrid gana el partido de fútbol, pero ganaría también las carreras de sacos, el rescate y el pídola. Se trata, por tanto, de un adversario total, inabordable en el campo, en los 3.000 obstáculos y en las coreografías de Michel Teló.

Para el adversario de un monstruo así sólo cabe la resignación de los Washington Generals, aquel equipo que se dejaba marear por los Harlem Globetrotters. No hay otra opción. Ni siquiera perversa. Quien atiza a Cristiano descubre que Cristiano vuelve a levantarse tras sacudirse el polvo del edificio que se le cayó encima. El joven Álvaro sabe de lo que hablamos y el viejo tobillo de Cristiano también.

A los seis minutos ya ganaba el Madrid y a los 38 el Racing se quedó con diez jugadores. Habrá quien señale ese último momento como la clave del partido. Con 1-0 y el visitante descubriendo mundo, Cisma fue expulsado por doble amarilla. Su pecado, en ambos casos, fue tocar el balón con la mano, acción prohibida desde 1863. El problema, en la segunda amarilla, es determinar la voluntariedad del impacto. Cisma desvió con los brazos un centro de Cristiano y, aunque no se le puede exigir la amputación, sí cabe sugerirle el recogimiento. Con todo, la roja pareció un castigo excesivo e injusto para quien nada hizo por golpear la pelota, sino que se vio golpeado por ella.

Créanme si les digo que si no hubieran sido las manos de Cisma hubieran sido las manos de Manitú. El Madrid llegaba con cadencia y sólo Toño mantenía la intriga de un marcador abierto. Gracias a él el segundo gol se retrasó hasta el minuto 45, cuando Benzema burló sutilmente la salida de un guardameta a prueba de bombas, pero no de pellizcos. Ya dentro de la portería, Ramos y Bernardo se pelearon por un lugar en el acta.

El mérito del Racing fue volver tras el descanso. Y hacerlo con ánimo. El debutante Babacar cabeceó junto al palo en un contragolpe y alumbró una rendija para la sorpresa. Diop empujaba mientras Arana y Acosta se desplegaban por bandas… Sin embargo, atacar al Madrid es como escapar de Alcatraz. Excavado el túnel, superados los muros y burlados los guardias, toca lidiar con los tiburones.

A los diez minutos de entrar al campo, Di María logró uno de esos goles que tanto le gustan, zurdazo con efecto desde el flanco derecho. La cuenta la cerró Benzema con uno de los que le gustan a él: zambombazo sin mediar palabra.

Insólito.

Hubo otros prodigios. Kaká vio una amarilla por cortar una contra y se le recuerdan otras escaramuzas insólitas, incluido el escorzo que sirvió a Cristiano el primer gol. Ya en la segunda mitad, la iluminación perdió potencia un minuto, lo que aconseja revisión eléctrica al finalizar la temporada, enésima razón para no albergar la Copa. La última es que habrá que reponer el césped al término del campeonato. Para borrar las huellas.

Cristiano abrió el marcador con el 1-0.


Cristiano deja el Barça a 10 puntos

La Liga es del Real Madrid y sólo él puede perderla. Al menos si mantiene la actitud, juego, intensidad y presencia física que mostró ante el Levante, que marcó a los cinco minutos y desató un vendaval del Madrid. Si no es capaz de superar al rival por juego, lo aniquila por agotamiento físico y mental. El nivel de exigencia al que eleva el Madrid los partidos requiere una respuesta similar del contrario si no quiere ser pasado por encima.

El Levante lo sufrió en el Bernabéu, pero dejó una imagen más que digna, supo mantenerse en pie y nunca sacó bandera blanca. Si se rindió fue porque le obligaron a ello. Le obligó la actitud y el juego del Madrid, con el magistral Özil y Benzema en primera línea, y los goles de Cristiano, que celebró un hat-trick, y del propio Benzema, que pusieron la firma a la avalancha ofensiva de su equipo. Con esa voracidad ofensiva compensó el Madrid sus lagunas en defensas, esos errores por falta de concentración que pagó con los goles de Cabral y Koné, justo premio para el Levante.

El triunfo del Madrid, tan merecido como trabajado, le deja con una ventaja de diez puntos sobre el Barcelona, una distancia sideral dada la igualdad que ha marcado la trayectoria reciente entre estos dos equipos.

El encuentro se consumió a una velocidad enorme, con algunos jugadores pasados de revoluciones, con mucho para disfrutar, pero también con mucho que ver y que pitar, y Undiano Mallenco no siempre supo hacerlo. Cometió dos errores de relieve. Anuló mal un gol a Benzema por fuera de juego que no era y perdonó la expulsión a Ramos, que decidió solucionar sus disputas con Del Horno dándole una patada sin estar el balón por medio después de que el lateral vasco hubiera soltado un manotazo. Los dos futbolistas mantuvieron un ‘diálogo’ a base de manotazos y patadas. Fue el único idioma en el que se entendieron durante el partido. Poco verbo y mucho genio. No se vio la mejor versión de Ramos, que falló en los dos goles del Levante, como se equivocó también Pepe en esas dos acciones. Sí acertó Undiano en el penalti señalado por mano de Iborra, que se ganó con esa acción su segunda amarilla.

También dejó el partido suficientes argumentos para el análisis táctico. El Madrid, ahora, es un equipo que prioriza la posesión del balón y consigue que los goles lleguen como una consecuencia del juego. Ese cambio de mentalidad ofensiva se ha convertido en el mejor escudo en defensa. Cuanto más tiempo tengas la pelota en tu poder, menos te atacará el rival. Lógico. La presencia de Granero junto a Xabi Alonso ayuda a ello. Como ayuda la nueva versión de Özil, más participativo, más centrado e igual de genial, y de Benzema, en movimiento continúo, una bendición para cualquier pasador.

Un minuto tardó el Madrid en mostrar su ambición, con un tiro de Benzema que se fue alto, y cinco tardó el Levante en alterar el ritmo cardíaco de los madridistas con el gol de Cabral. La participación de Ramos fue fundamental. Perdió el balón ante El Zhar y tuvo que derribarle, originando la falta de la que nació el tanto. Además, peinó el centro de Farinós, impidiendo que Pepe llegara a la pelota y permitiendo a Cabral cabecear a placer. Otra acción a balón parado pésimamente defendida por el Madrid y otro gol en contra.

Llegó después el gol mal anulado por Undiano a Benzema, que estaba en posición legal. Özil combinó con Cristiano, éste tocó de tacón y el balón llegó hasta Benzema, en posición legal, sin que Higuaín lo tocara. El asistente y Undiano entendieron que el argentino prolongaba el balón. De haberlo hecho, sí hubiera dejado a Benzema en fuera de juego.

Lo que se vio a partir de ahí fue un asedio del Madrid, una avalancha ofensiva en la que descuidó la retaguardia, lo que permitió alguna alegría del Levante en territorio enemigo que exigió toda la atención de Casillas. El Madrid llegó por todos los lados y de todas las formas posibles. Por las bandas y por el centro, por la velocidad de sus contragolpes y, sobre todo, por juego, por posesión, por paciencia, a base de tocar el balón hasta encontrar los huecos por donde atacar o fabricándoselos para hacer daño al rival.

Falló Higuaín una ocasión clarísima y repitió poco después, con la misma suerte. Tomó el relevo Cristiano Ronaldo, con un disparo de falta que esta vez sí cogió portería, pero que encontró a Munúa. A continuación apareció Benzema y en todas las maniobras ofensivas del Madrid, o al menos en las más brillantes, emergió la figura de Özil.

El juego del Madrid se estrelló contra el muro del Levante hasta que Iborra ayudó a derribarlo con las manos. Un penalti tan absurdo como evidente por el que se ganó su segunda amarilla y la expulsión. Cristiano transformó el penalti. Justo premio a los méritos del Madrid, que salió de los vestuarios dispuesto a solucionar el encuentro. No tardó ni un cuarto de hora en lograrlo.

Con apenas cinco minutos consumidos, Higuaín recibió de Benzema, eludió con sencillez la presencia de Ballesteros y envió un balón al área que fue cabeceado a gol por Cristiano ante la pasividad de Javi Venta y Pallardó, sustituto de El Zhar en el descanso. Siete minutos después, Cristiano lanzó un obús que pasó por encima de Munúa a enorme velocidad. El portugués volvió a demostrar que pega mejor al balón en movimiento que cuando lo tiene parado en las faltas.

El tiroteo continuó con el buen tanto de cabeza de Koné, que aprovechó la errónea maniobra defensiva de Ramos y de Pepe, al que respondió Benzema con un golazo de enorme clase. Un tiro elegante con rosca con el que eludió las manos de Munúa.

Ahí bajó el ritmo el Madrid y se firmó una tregua tácita que aprovechó Mourinho para efectuar los tres cambios. Callejón, Khedira y Kaká ocuparon el sitio de Higuaín, Granero y Özil, despedido con todos los honores y con el Bernabéu puesto en pie.

Cristiano marcó un Hat-trick.


Liga encarrilada

El Real Madrid demostró ayer que la superioridad con la que barrió al Barcelona del campo el miércoles, en el Nou Camp, no fue algo ocasional. Con un fútbol de altura venció con claridad al Zaragoza, aventajando en dos puntos más al Barcelona, que no pudo pasar del empate.

El fútbol de los blancos no sólo debe imponerse a sus rivales, sino también a un descarado Villarato, ya que para seguir en la línea de Teixeira Vitienes, Iturralde González dejó de pitar otros tres penaltis a favor de los de Mourinho. En el Villarreal – Barcelona, los culés volvieron a tener un trato de favor arbitral, pero ni así lograron los tres puntos. Tras la jornada, el Real Madrid se ve catapultado hacia el campeonato.

Sin embargo, el inicio de partido no fue bueno para los locales, que no salieron con la debida intensidad. El Zaragoza, debido a su condición de colista, tiene urgencias en todos los partidos, así que pillaron al Real Madrid todavía dormido, a los 11 minutos, con un gol de Lafita que aprovechó un grave error en la marca de Pepe, para recibir solo dentro del área y batir a Casillas.

Pero el Real Madrid no estaba para sorpresas. El once de Mourinho fue toda una declaración de intenciones, recordando aquel partido liguero de la pasada temporada en Santander, en el que el fútbol de toque del Real Madrid maravilló tanto a seguidores como detractores de Mourinho.

El técnico portugués parece haber olvidado, al menos de momento, las tácticas ultradefensivas. Así el Real Madrid dio un baño de juego al Barcelona en el partido de vuelta de la Copa y así ganó ayer, con un fútbol total, llegando a superar el 70% de la posesión del balón.

Parafraseando al entrañable Andrés Montes, José Mourinho puso en liza a los “jugones”. Y cuando el Real Madrid juega con los buenos, es imparable. Dos hombres de gran visión de juego como Xabi Alonso y Esteban Granero, ocuparon las posiciones de medios centro. Kaká y Özil, con libertad de movimientos, oscilaban entre la media punta, las bandas y las incursiones en área. Cristiano Ronaldo atacaba desde la banda izquierda, secundado por Marcelo, aunque tampoco jugaba en estático, lo mismo que Benzema, que se dejaba caer continuamente a banda derecha desde su posición en punta.

Con semejante equipo dentro del terreno de juego, el balón era para el Real Madrid. La movilidad y la visión de sus futbolistas se tradujo en continuas ocasiones de gol. Kaká dio los dos primeros avisos y a la tercera, el media punta brasileño acertó a batir al guardameta Roberto, para empatar el partido, resultado con el que se llegaría al descanso.

El público del Santiago Bernabéu no parecía asustado. Jugando así, la victoria de su equipo sólo era cosa de tiempo. Y eso se demostró al inicio de la segunda mitad, ya que antes de que hubiera transcurrido el primer cuarto de hora, Cristiano Ronaldo primero, a pase de Özil y el propio media punta alemán después, sentenciaron el choque con el 3-1 final.

El partido de ayer tuvo un nombre propio: Mesut Özil. La elegancia en sus movimientos y su enorme visión de juego recordaban por momentos a uno de los mejores jugadores de la historia del fútbol como Zinedine Zidane, que tantas tardes de gloria dio al madridismo.

El inicio de temporada del alemán fue bastante irregular, pero parece que las pequeñas vacaciones de Navidad le han servido para recargar las pilas, sobre todo atendiendo a la lección de fútbol que dio en el Nou Camp y al partidazo que disputó ayer, encandilando a aficionados y rivales.

Özil se entendió a la perfección con Kaká. Entre los dos abrieron muchos espacios para las llegadas de Granero, que cuajó un partido muy completo, los desmarques de Benzema o las arrancadas de Marcelo e incluso de Altintop, que también se animó a buscar la portería contraria.

Cristiano Ronaldo padeció una fortísima defensa, lo que también habilitó al resto de sus compañeros. La superpoblación defensiva del Zaragoza en banda izquierda, para maniatar a Ronaldo, fue aprovechada por el resto de sus compañeros. El Real Madrid tuvo mucha presencia en el área rival, creando superioridad numérica en muchas zonas y traduciéndola en un sinfín de ocasiones, que derivaron en la victoria final.

Cristiano sigue siendo el pichichi de la Liga con 24 tantos en 20 partidos.


Remontada vital

Higuaín fue el protagonista, pero Mourinho escribió y dirigió la película. Lo de la escritura no es metáfora. Logrado el segundo gol, el técnico repartió entre los futbolistas anotaciones a modo de chuletas. Parte del contenido de los papelitos lo descubrió el entrenador en conferencia de prensa y se resume así: “Váyanse atrás y no se dejen marcar un gol, caballeros”. Los jugadores cumplieron a rajatabla. No hay como ser educado y poner las instrucciones por escrito.

Una vez más el entrenador volvió a tener una participación clave (casi demiúrgica) en la reacción y la victoria. De nuevo pudimos comprobar que Mourinho no hace cambios: lo suyo son zapateados, revoleras dignas de Raphael, representaciones teatrales de su descontento. Más que sustituir piezas, reemplaza estados de ánimo. Es innegable su capacidad para tocar el orgullo de los futbolistas. También su alianza con la fortuna. Con la fortuna de tener a Higuaín, quiero decir.

El delantero al que llaman Pipita (apodo inapropiado por escasamente feroz) entró en la segunda mitad en sustitución de Lass. Tan importante como la variación táctica fue el gesto. Después de una primera parte penosa sin mejor oportunidad que un cabezazo al poste de Sergio Ramos en el minuto 44, el Madrid anunciaba carga ligera. Por delante, cuatro atacantes entre los que estaba Cristiano según el acta del partido; por detrás, Xabi y Özil.

Congelemos la imagen de la caballería y pasemos ahora al Mallorca. Completó una primera parte impecable y la ganó con todo merecimiento. En la segunda mitad su única obsesión fue conservar el marcador y el resultado es que perdió con toda justicia. La única duda es saber si su renuncia a la pelota fue totalmente voluntaria (voluntad de Caparrós, se entiende) o estuvo provocada por la repentina voracidad del Madrid. Nos inclinaremos por los tonos grises.

Cuatro caras. La consecuencia es que ayer no vimos a dos equipos, sino a cuatro. La primera versión del Mallorca fue digna de Mourinho. Equipo de presión asfixiante, directo y batallador. Mil balones robados y otros tantos regalados por el Madrid sin oponer resistencia. Arriba, dos escopetas: Chori, flecha conocida, y Hemed, falso tronco y falso lento. Del primero nació la asistencia y del segundo el testarazo que valió el primer gol. Del Madrid, sin noticia.

Tras el descanso salieron otros veintidós, incluido Higuaín. Los del Mallorca jugaron con el etéreo objetivo de pillar una contra. Los de Mourinho a vencer o morir. El resultado es que el Madrid fue ganando metros hasta arrinconar a su rival. Sin jugadas primorosas, pero con la machacona insistencia de quien no piensa abandonar. El talento hizo lo demás. E Higuaín. En la primera pared con fundamento (con Özil), marcó. A quien diga que tuvo suerte habrá que responderle que la suerte también se suda.

A siete del final, el hombretón llamado Pipita porfió por un balón improbable y provocó la carambola que propició el gol de Callejón. Otra vez la suerte, dirán. Ja. Aunque el Mallorca quiso recuperar el balón ya era demasiado tarde. Logró la pelota, pero los papelitos ya los tenía el Madrid. De puño y letra de Mourinho. Sobre todo de puño.

Cristiano felicita a callejón tras el 1-2.


Un Madrid incontenible

Aunque el maestro Dante Panzeri escribió un tratado sobre el fútbol como Dinámica de lo impensado, anoche, en el baile de 24 voluntades imprevisibles (incluyo al árbitro y al balón, los actores más inciertos), sucedió lo que casi todos imaginaban. Ganó el Madrid y marcó cinco, el número que redondea las goleadas. Para semejante viaje el Granada no hubiera necesitado tantas alforjas, ni tantas pizarras. Para un partido así Mourinho hubiera podido evitarse los berrinches habituales, que luego se nos disparan las canas.

Seamos generosos, no obstante. Quienes abandonan el Bernabéu cosidos con esparadrapo no merecen que la palmada consoladora se convierta en cachete acusador. Sin embargo, nos queda la sensación de que el Granada tenía para más. La prueba es que el marcador le condicionó demasiado el ánimo. Tuvo una actitud reservona para el empate, valerosa para el 1-0, distraída luego y apesadumbrada al final. Fabri olvidó una última consigna: ni miren al luminoso ni cuenten con los dedos.

Tampoco hay gran novedad en los héroes del Madrid. Tal y como había desdeñado en la víspera, Mourinho alineó juntos a Benzema e Higuaín y ambos ofrecieron buenos argumentos para repetir desdén en el futuro. Lo del francés se confirma: está raptado por las musas (o enamorado, que el efecto se confunde). Consiguió dos goles, el primero en el terreno del nueve tras una afortunada asistencia de Özil (espuela involuntaria). En el segundo nos recordó a esos abuelos que sacan monedas de las orejas de los niños. El inocente, en este caso, fue el brasileño Siqueira, blandísimo atrás, un carrilero interesante que en defensa es la Fábrica de Moneda y Timbre.

No crean que Higuaín anduvo lejos de Benzema. Ocurre, simplemente, que lo suyo es diferente, más industrial. Marcó su gol por puro empeño, y antes y después se peleó con el mundo, incansable y bregador. Hay una parte de su misión que siempre se cumple: es un crack de incógnito y aún hay bastantes que siguen sin reconocerle bajo el disfraz de Peter Parker.

El cabezazo de Ramos que valió el segundo tanto completó una actuación personal impecable y frenó el ímpetu del Granada, mejor durante diez minutos, los del empate. Tan pulcro como su compañero estuvo Varane, un muchacho al que ya se le ha borrado el estigma del enchufe. Ayer le ganó todas la carreras a Dani Benítez, uno de los futbolistas más activos y toreros de su equipo.

Teoría

Fuera de aquel arreón, del visitante no hubo apenas nada. Si acaso la tenacidad de Martins, el cabezazo de Mikel Rico y algún detalle de Uche. Obsesionado con evitar los contragolpes del Madrid, el Granada se dejó el partido contra las cuerdas, demasiado pendiente de la teoría para terminar con el mismo castigo que aquellos que no estudian nada.

El quinto lo marcó Cristiano, pero ni eso le libró de la nube gris. Sentirse excluido de la fiesta le nubla tanto la vista que le hace acumular fallos que le excluyen de la fiesta. Ni celebró el gol, por tardío y por regalado. Ya se sabe: su mundo es otro y tiene origen volcánico. Como Madeira.

Cristiano no tuvo una gran noche.


El Barcelona vuelve a ser favorito al título de Liga

El panorama que deja el Clásico es desolador para el Real Madrid y de normalidad absoluta en el Barcelona, que salió de Bernabéu como líder de la Liga, aunque con un partido más. El Madrid acudió a la cita disfrutando de una superioridad estadística indiscutible, como dominador absoluto de los números, con la confianza de quien se cree indestructible. Cuando el nivel de exigencia se multiplicó, el Madrid suspendió el examen. El Barça dejó atrás sus dudas e inseguridades, supo levantarse después del enorme golpe que supuso recibir un gol a los 22 segundos, se sobrepuso a todos sus errores, que no fueron pocos en defensa, y cuando la cuestión fue determinar quién era mejor con el balón en los pies, cuando habló la pelota, sólo quedó constatar la superioridad del Barcelona, dirigido por un sublime Iniesta y un magistral Xavi. Iniesta ofreció un recital en el segundo tiempo, una lección de cómo se interpreta este juego.

Mientras el Barça sigue, con más o menos sobresaltos, su camino, el partido supuso una enorme marcha atrás para el Madrid, desarmado de nuevo en el centro del campo. Las deficiencias de antaño se volvieron a hacer visibles, como si el tiempo no hubiera pasado y nada hubiera evolucionado. Pero lo que ha pasado es que un Clásico más, el Barcelona fue mejor que el Madrid.

Quienes nieguen la evidencia de lo sucedido sobre el mojado césped del Bernabéu, siempre encontrarán alguna justificación ajena al balón. La mejor forma para corregir tus errores no es buscar los de los demás. Es imposible avanzar y mejorar cuando uno no asume sus limitaciones y reduce todo a conspiraciones maquiavélicas. Es cierto que Messi quizá mereció la expulsión poco antes del descanso, cuando debió ver su segunda amarilla por una entrada a Xabi Alonso. La primera le llegó por protestar. También debió irse antes a los vestuarios Coentrao. Es evidente que la trascendencia de una y otra expulsión no hubiera sido la misma, pero no es menos cierto que no se puede justificar lo sucedido con esa legítima petición de que Messi no debió terminar ni siquiera el primer tiempo.

Y es que el Madrid salió derrotado en todos los duelos que se ventilaron en el partido. Sólo Casillas demostró estar un peldaño por encima de Valdés y únicamente Benzema salió reforzado gracias a su sensacional actuación. El Madrid perdió en fútbol y fue claramente superado en la discusión táctica, un lenguaje que supo manejar mejor Guardiola que Mourinho. Guardiola movió piezas, introdujo variantes que acabaron por darle una superioridad aplastante en el centro del campo, el espacio en el que se cocinan las victorias. Busquets, Xavi, Iniesta y Cesc acabaron formando una línea que logró variar el rumbo inicial del partido, cuando el Barça parecía que iba a la deriva, y aplastó cualquier intento del Madrid por sacar la cabeza. Crearon y taparon a Xabi Alonso, anulando cualquier posibilidad de crear juego del Madrid, que no supo encontrar respuesta a ninguno de los movimientos tácticos del Barcelona. Con ese exuberante y reluciente centro del campo, el Barcelona compensó los numerosos errores cometidos en defensa, impropios no ya de este equipo, sino de cualquiera que se maneje en la elite.

Si dirigimos nuestra mirada al duelo entre Messi y Cristiano, la comparación no se sostiene. No hay ningún argumento favorable al portugués, obsesionado de nuevo por hacerse notar, dominado otra vez por la ansiedad que le provoca querer decidir el Clásico en cada jugada. Falló dos ocasiones clarísimas en momentos decisivos. No estuvo a la altura y eso ya no es novedad en un Madrid-Barça. Nuevo fracaso. Todo lo contrario que Messi, de nuevo determinante, desequilibrante, tan locuaz como acostumbra con el balón en los pies. Gozó de la inestimable colaboración de Alexis, un cuchillo que rasgó la línea defensiva del Madrid cada vez que entró en contacto con el balón.

El encuentro dejó a varios futbolistas desubicados, pero a nadie más que a Coentrao, caótico de nuevo como lateral derecho. No tiene condiciones para actuar en esa posición y con cada actuación suma nuevos argumentos para defender que no debe ser titular en el Madrid. Es lateral izquierdo y en esa posición actúa uno de los mejores del mundo, Marcelo. Tampoco Pepe y Ramos formaron ese muro infranqueable de jornadas pasadas.

El comienzo del choque no dejó adivinar lo que llegó después. El inicio del Madrid fue arrollador, por iniciativa propia y torpezas ajenas. Salió a buscar al Barcelona a su campo y aprovechó el regaló que le concedió Valdés, muy torpe toda la noche cuando el balón llegó a sus pies. Le entregó la pelota a Di María y en un instante se acumularon errores de remate o despeje que acabaron con el balón en Benzema, que no falló y celebró el primer gol cuando apenas se habían consumido 22 segundos.

El partido se puso como más le gusta al Madrid, con el Barcelona llevando la iniciativa y los de Mourinho luciéndose en la presión y el contragolpe. Esta efervescencia le duró al Madrid media hora, lo que tardó el Barça en empatar. Ya había avisado Messi, que aprovechó un resbalón de Ramos para irse como un rayo hacia el área, donde le esperó Casillas para evitar el tanto. Nada pudo hacer Iker después para evitar el empate. Messi bajó hasta el círculo central, le pidió la pelota a Xavi e inició un eslalon con el que rompió la defensa del Madrid, por el centro y con la ayuda de Coentrao, que habilitó a Alexis para que el chileno batiera a Casillas.

Hasta ese momento se disfrutó de un partido intenso, interpretado a gran velocidad. Después, los equipos se tomaron un respiro, se concedieron una tregua ficticia, porque el Barcelona por entonces ya era dueño del balón. Si en el primer tiempo lo movió con menos gracia que acostumbra, con circulaciones demasiado horizontales, en el segundo fue un recital que desnudó al Madrid y acabó elevando al Barcelona hasta el triunfo y el liderato.

Fue una cuesta abajo en la que Xavi, con la involuntaria colaboración de Marcelo, en el que rebotó el balón para que se alejara irremediablemente de Casillas, y Cesc trasladaron al marcador la indiscutible superioridad que hubo en el campo. De nada sirvió la entrada de Kaká por Özil, ni la tardía salida de Higuaín por Di María y mucho menos la entrada de Khedira por Lass.

Un Clásico más todo sigue igual, con el Barcelona disfrutando del fútbol y del resultado y el Madrid preguntándose cómo ha llegado de nuevo a esta situación.

Cristiano, realizó uno de sus peores clasicos.


La liga se pone blanca

Acosado por mil amenazas, asediado por el rival y por el estadio, el Atlético, en su eterno empeño por sorprendernos, decidió anoche ser el peor enemigo de sí mismo. El balance resulta demoledor. De los cuatro goles que encajó, dos llegaron de penalti y uno lo regaló Godín, también cómplice en el tercero. Y por si los cuatro puñales no hicieran mella suficiente, se acompañaron además de dos expulsiones indiscutibles, justísima la primera y piadosísima la segunda, quién sabe qué otros desastres podría haber causado Godín de seguir en el campo.

Así es y así viene siendo en los últimos doce años. Mientras el Madrid se inventa modos de ganar, el Atlético profundiza en las formas de sufrir. Llegados al derbi, su naturaleza es tan proclive a la tragedia que cuando no es la mala fortuna quien ataca ni el adversario quien golpea, entonces, en ese instante en que debería sentir el viento a favor, el equipo se ve impelido por una pulsión interior muy similar al vértigo que marea y empuja: salta, salta, salta.

Y el joven Courtois saltó. Un muchacho nacido en Bélgica, criado con cereales de primera calidad y sin tiempo para acunar viejos complejos participó de la autodestrucción atlética en los derbis. El caso es digno de estudio y de agua bendita (garrafas mejor que botellas). El maleficio se transmite por esporas o por miradas, flota en el ambiente y se respira profundo. El virus del pesimismo. Eso es lo que visualiza el Atlético aunque Manzano insista en proyectar campos repletos de flores. El problema no es la cartelera, es el ambientador.

Crueldad.
En la primera triangulación madridista, en el primer pase entre líneas de Xabi Alonso, el niño Courtois derribó a Benzema en el mano a mano. Roja y penalti. Multa y cárcel. ¿Inocencia? ¿Crueldad? Manzano lo hizo todavía más terrible: para dar entrada a Asenjo, sacrificó a Diego, su futbolista más talentoso. Minuto 23.

El pobre Diego no habrá vivido muchas noches tan aciagas. Para empezar saltó al campo con la misión de tapar a Xabi Alonso. Él, un diez, en el sentido más clásico y brasileño del dorsal, convertido en un centrocampista marcador. Bien, pues a pesar de la degradación táctica, le dio para incomodar a su par y para asistir a Adrián en el gol atlético. Todo eso perdió el visitante cuando Diego se marchó como un niño al que suspenden la prueba en el equipo de la ciudad.

Quien esgrima la razón de que el brasileño ya había visto una tarjeta amarilla (sin merecerlo, por cierto) lo igualará a cualquier futbolista sobre el campo y Diego es todo menos eso: su virtud es la exclusividad, el ingenio, la capacidad para salvar al equipo con un arrebato. No pudo hacerlo desde el banquillo.

Habrán observado que me dejé el gol de Adrián por el camino. No fue por olvido sino por ordenar la importancia de los acontecimientos. El dominio de la situación ejercido por el Atlético en los primeros minutos terminó con el penalti de Courtois, pero culminó antes con el gol de Adrián, un futbolista que ayer se confirmó en plaza grande. La jugada fue fruto de su insistencia y de su talento. Con esa disposición penetró entre la defensa y se apoyó en Diego y Salvio, tan al límite del fuera de juego que si la línea se marcara con llamas se habría quemado las pestañas.

El Atlético disfrutó apenas siete minutos de ese marcador favorable, de los planes que salen. Bien el orden, bien la disposición, mal el Madrid, atascado en su juego. Sin embargo, todo se desmoronó con el empate. Aunque, según escribo, advierto que tampoco es del todo verdad. El Atlético que resultó del empate fue un equipo tan digno como el anterior, con una única diferencia, sólo una: la victoria se convirtió en un objetivo imposible, quimérico. La hazaña, la proeza descomunal, pasó a ser otra: salir vivo de allí.

La inferioridad endureció el juego del Atlético, equivocando la permisividad de Mateu Lahoz con la ceguera de Stevie Wonder. Se afeó el partido y Di María fingió en defensa propia, tanto le arrearon. Con ese panorama de tobillos mordidos, los mejores momentos del Madrid se concentraron en los últimos minutos, cuando Marcelo se atrevió con Perea. Si uno de esos pases no acabó en pase de la muerte fue gracias a Domínguez, fabuloso como parapeto.

El premio del descanso colocó el partido en otra fase, igualmente crítica para el Atlético. El Madrid tenía superioridad física y numérica. Y 45 minutos por delante. Era el Atlético quien debía inventar algo. No lo hizo. Salió a no recibir un gol en los primeros cinco minutos y lo encajó a los tres.

Sentencia.
Fue el desenlace lógico de los acontecimientos. Xabi Alonso ya jugaba a placer, experimentando un nuevo tipo de pase en largo que apenas se eleva y peina la raya del césped. Perversiones de treintañero. A sus órdenes, el Madrid tocó y tocó, con más sadismo que paciencia, esperando, simplemente, haciendo guardia.

La liebre saltó (nunca mejor dicho) cuando Cristiano se halló persiguiendo un balón en compañía de Godín. El uruguayo quiso competir primero y agarrarlo después. Sin éxito en ambos casos. El pase lo alcanzó Di María para rematar un balón que tenía su ciencia; otros, muchos, hubieran hecho ensayo.

La duda fue entonces cuánto tardaría Manzano en hacer los cambios. El morbo fue observar a los suplentes, la incomprensible risa de Reyes. Sólo atendiendo a esa burla, quizá compartida, se puede explicar que el entrenador tardara tanto en dar aire al equipo. Malos son, en cualquier caso, los castigos que perjudican a un grupo entero.

Higuaín se ensañó con Godín en el tercer gol madridista. Se fue a presionarle y le robó un balón imperdonable, una bomba que el defensa fue incapaz de desactivar con un patadón, una jugada que le dejó sin cartera y penosamente caído de culo. Es horrible ser cómico cuando se pretende ser feroz. Visto eso, el cuarto gol se comprende mejor: para completar su inmolación, Godín embistió a Higuaín y le hizo penalti. Mateu Lahoz le mostró la roja y le evitó seguir sufriendo.

El Atlético acabó por estropear lo que había sido una presentación excelente. Al final hizo del derbi el partido de siempre, el de la impotencia. El Madrid, mejor que nadie, sabe cuánto le ayudó ayer el rival. Pero hará bien en no comentarlo mucho.

Cristiano se marchó cojenado del estadio
Cristiano Ronaldo abandonó cojeando el estadio después de una fortísima entrada de Perea, en los últimos minutos del primer tiempo, por la que el defensa atlético vio la tarjeta amarilla. El madridista recibió un golpe en el tobillo izquierdo que, afortunadamente, no es en el que tuvo los problemas que le mantuvieron dos meses de baja hace dos temporadas por una entrada del jugador del Marsella Diawara.

Mourinho ha concedido dos días de descanso a la plantilla blanca en los que Cristiano espera recuperarse. Pese a que recibió la patada antes del descanso, aguantó todo el partido. De hecho, ni siquiera fue atendido por los médicos en el terreno de juego. Tras el choque, Mourinho se quejó de la dureza empleada por el Atlético.

Cristiano Ronaldo ya es el pichichi en solitario de la liga con 15 tantos.


El Madrid gana a las dudas

El Real Madrid solventó el examen de Valencia mostrando demasiados altibajos. Luciendo todo su esplendor, que es mucho, en el primer tiempo, y sobreviviendo desde el contragolpe en el segundo, cuando cedió el espacio y la iniciativa al rival. Si lo reducimos todo al marcador, el Madrid ganó a los puntos en las dos partes. Si vamos más allá, las dudas se imponen a las certezas. Unas dudas provocadas por el propio Madrid, quien mientras quiso llevar la iniciativa fue dominador claro de un encuentro intenso, como todos los protagonizados por estos dos equipos. Hubo más sangre caliente que lucidez, más roces de tacos que sutileza en los pases.

Lo pasó mal el Madrid cuando bajó la intensidad de su presión, se replegó en su campo y entregó al balón al Valencia, que hasta entonces había sido incapaz de recuperarlo por sus propios medios. Si sacó la cabeza para respirar cuando el partido empezaba a ahogarle fue gracias a una acción a balón parado, al contragolpe y a Casillas, la medicina que nunca falla.

Mientras estuvo centrado y llevó la iniciativa, el Madrid fue el dueño del choque. Se vio entonces a un equipo serio, bien estructurado y ordenado, fue ese conjunto que somete a sus rivales a partir de una presión intensa e inteligente que esta vez ahogó al Valencia como antes hizo con otros. El Madrid mostró un altísimo nivel en el primer tiempo, con el Valencia incapaz de seguirle el ritmo.

Despejó el camino hacia la victoria Benzema, que mejoró un buen pase de Xabi Alonso con un control formidable y un remate de volea excepcional. La superioridad del Madrid en la primera parte fue incuestionable y comenzó a sufrir en la segunda a partir del cambio de Albiol por Arbeloa, que originó un desequilibrio en el lateral derecho del Madrid, que se equivocó al ceder la iniciativa al Valencia, quien por un momento se creyó en condiciones de discutirle el triunfo. Lo solucionaron Ramos, otra vez sobresaliente en el centro de la defensa, y Cristiano. Ramos cabeceó a gol un córner sacado por Özil y Cristiano, al contragolpe, aprovechó una mala salida de Diego Alves para cerrar la cuenta del Madrid.

A los dos goles respondió Soldado, el segundo después de un error tremendo de Marcelo, que se confió en exceso y de forma irresponsable para permitir a Pablo Hernández llegar hasta el balón y cedérselo a Soldado para que marcara.

En ese tiroteo en el que se convirtió el final del encuentro hubo de todo. Goles, protestas, una buena intervención de Casillas que terminó con el balón en el larguero y un penalti reclamado por el Valencia por una mano que no existió de Higuaín. Tumbado en el suelo, el argentino despejó el balón con el pecho. Casi todo lo que se vio al final lo protagonizó el Valencia, con el Madrid resistiendo hasta la victoria.

Mourinho nos refrescó la memoria en Mestalla y nos recordó que cuando se enfrenta a un rival importante, con el potencial suficiente para hacérselo pasar mal, el trivote florece en su centro del campo. Xabi Alonso, el verdadero mariscal de este Madrid, apareció escoltado por Lass y Khedira, que se mostraron más sueltos, descarados y atrevidos que de costumbre. Otra cosa es que cuando pisaran el área rival, en especial el alemán, se les hiciera de noche. Este trío se mostró mucho más activo, intenso e inteligente que el formado por Tino Costa, Albelda y Parejo, intermitentes, irregulares y que no dieron ninguna consistencia al Valencia. Ni frenaron al Madrid, ni construyeron juego suficiente para estar a la altura del rival.

Si miramos al marcador, la resistencia del Valencia en el primer tiempo duró 20 minutos, pero si nos fijamos en el juego, la oposición duró mucho menos. El partido empezó con un disparo de Tino Costa, que aprovechó ese aire distraído con el que salió el Madrid para mandar un aviso que no fue otra cosa que fuegos artificiales. Respondió el Madrid con el gol de Benzema para convertir el resto del primer tiempo en una plácida cuesta abajo en la que sobresalió el delantero francés, muy activo, apareciendo por todo el ataque y asociándose con todos sus compañeros. Receptor ideal de los pases largos de Xabi Alonso y la mejor pareja de Cristiano.

Después de pasar por los vestuarios el choque se inclinó del lado del Valencia, como ya ha quedado apuntado, y todos los esfuerzos que había empleado antes el Madrid en jugar los dedicó entonces a resistir las acometidas rivales. Supo resistir y sobrevivió, entre dudas y dificultades.

También quiso poner su firma al partido el árbitro Fernando Teixeira Vitienes, quien desenfundó con rapidez. Exageró al mostrar algunas tarjetas y se mostró tímido sin motivo cuando decidió ahorrase otras.

Cristiano celebra el 1-3.


Goleada y Hattrick del Bota de Oro

El Madrid es infinitamente superior a Osasuna por muy temprano que se levante. Hoy saltó de la cama y liquidó sin piedad al equipo navarro con el fútbol colectivo, de alto mando y sin fisuras que le mantiene en la cima de esta Liga. Di María estableció un tiempo de paso inalcanzable para un Osasuna con excusas (nueve bajas son plomo en la moral y en las piernas) y regaló tres goles antes del descanso (suma once asistencias en diez partidos). Su lesión es una terrible noticia para el Madrid, amortiguada por el bienestar general. Cristiano le sacó brillo a su Bota de Oro, con su cuarto hat-trick del curso; Higuaín no dejó pasar una y Pepe y Sergio Ramos son cemento armado. Esa oleada de entusiasmo y brillantez arrastró a Özil a ratos. Después del descanso volvió a sacar a la superficie su fútbol distinguido tan del gusto del estadio.

El Madrid desarmó a Osasuna con un argumento que paraliza a la presa: la recuperación relámpago del balón. Mendilíbar procuró que su equipo no se encastillara demasiado. La pretensión era resignarse al dominio blanco, pero no al asedio. Y eso exigía enganchar tres o cuatro contragolpes que hiciesen pensar al Madrid. No llegaron y el desánimo de perseguir y perseguir sin lanzar una mano derrumbó al equipo navarro.

El Madrid se echó la muleta a la derecha de Di María y fue construyendo su faena con firmeza y sin prisas. Durante 20 minutos todo quedó en grado de tentativa: una media vuelta fallida de Khedira, al que mejor le ha venido esa mejoría general; un cabezazo flojo de Higuaín; un derechazo mordido de Di María. Pero cuando se acercó la hora del aperitivo el Madrid disparó su apetito.

Di María buscó una y otra vez al novato Satrústegui y acabó sacando una rosca hacia dentro que hizo escala en la coronilla de Cristiano antes de superar a Andrés Fernández. Osasuna aún asomó la cabeza con un empate pícaro. Pepe había salido del campo para que el médico mirase su tobillo y mientras banquillo y futbolistas blancos reclamaban su reingreso, Raúl García sacó con rapidez una falta e Ibrahima salvó la salida de Casillas. Un gol de pasado atlético contra un Madrid al que, en esa jugada, se le pegaron las sábanas.

El Bernabéu entendió que Álvarez Izquierdo toleró de forma inconveniente la picardía navarra y le pilló el 2-1 en plena reclamación. El cabezazo de Pepe ahogó la queja colectiva y la rabia propia. La entrega volvió a ser de Di María, como la del 3-1, que llegaría seis minutos después, aunque Higuaín le dio un trámite más largo. Recibió el pase profundo, recortó y colocó su derechazo lejos del guante izquierdo de Andrés Fernández.

La segunda mitad dejó para el Madrid una muy mala noticia, la lesión de Di María por exceso de celo (forzó demasiado su pierna izquierda para salvar de tacón un intrascendente fuera de banda), y unas cuantas magníficas. Özil firmó veinte minutos estupendos, en los que provocó el penalti y la expulsión de Satrústegui; Cristiano Ronaldo sumó su cuarto hat-trick del curso; Arbeloa se apuntó una asistencia de extremo y otra de mediapunta, dos benditas rarezas; Mourinho pudo juntar a Higuaín y Benzema y el francés dibujó en sus goles, diferentes pero soberbios, que está sobrado de fundamentos e impecable de silueta; debutó Sahin y lo hizo junto a Xabi Alonso, concesión el técnico a las bellas artes; y Coentrao también regaló un tanto para no desmerecer de Marcelo.

Para Osasuna, en cambio, cada noticia fue peor que la anterior. En nueve minutos se tragó tres goles más y se vio desbordado con un equipo que juega por los puntos, por el récord de goles y por mandarle al Barça un mensaje de superpotencia a superpotencia. Un mensaje contundente y amenazador.

Cristiano ofreció la Bota de Oro al Bernabeu.


Faena de aliño en Anoeta

Ni fue el Madrid de últimamente ni la Real de tiempo atrás. Los partidos salen malos sin razones aparentes, como esos bizcochos que no levantan el vuelo por potente que sea el horno. Ni Anoeta, ni el césped tupido, ni la noche de San Narciso. La impresión final es que sucedió lo esperado del modo más insípido posible. La última sensación es que ellos se olvidaron del fútbol y nosotros nos excedimos con las palomitas.

El alivio del Madrid va en los puntos y bien que los celebró, consciente de su importancia. Para la Real, en cambio, no hay consuelo, porque no fue ella, sino una ensoñación de su entrenador.

Desde ese punto de vista, la primera parte resultó especialmente desconcertante. Incluso cuando iba perdiendo, la Real jugaba como si tuviera el marcador a favor, el mundo a favor, algo a favor: una línea de cinco defensas, cuatro mediocampistas con absoluta mentalidad defensiva y el mexicano Vela como único delantero, transfigurado en el Chencho de la película de José Isbert. Alcanzar la portería de Casillas en esas condiciones, ni siquiera les hablo de la utopía del gol, era tan improbable como encontrar oro en el Manzanares (el río).

En realidad, el sistema planteado por Montanier sólo servía para conservar un marcador desfavorable, siempre y cuando no importara lo desfavorable del marcador. La Real estaba replegada, pero dejaba muchos metros a la espalda de su defensa, concesión mortal ante el Madrid. Además, no presionaba la circulación, sino que aguardaba a un robo improbable que, de producirse, le dejaba a varios kilómetros al norte de Casillas.

Dominio.
Para el Madrid la goleada parecía sólo una cuestión de tiempo y estadística. El dominio le aseguraba el balón y el balón los pases. En este sentido, el gol fue una definición de cuanto ocurría. Sucedió a los ocho minutos. Coentrao adivinó el desmarque de Higuaín y envió un balón a su encuentro, tan preciso que hubiera sacado matrícula en aquellos problemas de la infancia, el tren que parte de Irún y que se cruza con el coche que salió de Albacete. Pues en ese punto indeterminado, Bar El Cruce, remató Higuaín: picadito y fiesta criolla.

Que fuera Coentrao el asistente nos quiso decir algo. Primero, que es buen futbolista, lateral zurdo antes que nada. Luego indicó una variación en los suministros habituales. Özil, relevo de Kaká, no pegó ni ese pase ni otros. Se movía por el campo sin que supiéramos si tenía morriña o sueño. Tampoco asistió Di María, aunque no le faltaron ganas. El hecho es que el Madrid jugó sin la velocidad de otras veces, más previsible y, probablemente, más aburrido.

La única interferencia era de carácter físico y hacía saltar chispas. Leña, para entendernos. De tanto en cuanto, alguien dejaba un recado y otro lo contestaba. El fuego arreció en la segunda mitad y el partido se descontroló tanto que la Real Sociedad se sintió liberada y el Madrid confuso. También influyó la entrada de Griezmann, excluido del híbrido inicial de Montanier.

Pero ya no era fútbol, sólo pelea machuna, ardor guerrero. El relleno de un mal bizcocho que nunca levantó el vuelo.

Victoria de oficio.


Vuelve el Cristiano en plan goleador

Para el Real Madrid sobró la segunda parte y para el Málaga sólo esa mitad debe ser recordada. Sin embargo, analizar el partido de ayer como dos partes sin conexión nos llevará al error. Evitemos el tópico, pues. No fue una parte para cada equipo, no seamos tan generosos, no asistimos a dos partidos distintos, era el mismo. Fue el Madrid quien decidió el destinatario de cada pedazo de tarta. El primero fue glotonamente suyo y el otro se lo cedió al Málaga para que se lo comiera con las velas puestas: 0-4.

Dicho esto, acepto que el resultado pudo ser otro, quizá 1-4, o tal vez 2-6, cuesta imaginar la venganza que se hubiera cobrado el Madrid por cada gol recibido. Es verdad que el Málaga disparó dos veces al larguero. En su mitad. Y es muy cierto que salió del descanso con más empuje, en rebelión contra su sino. Admirable resistencia, no habrá quien lo niegue.

La sensación, no obstante, es que el Madrid, con la victoria decidida, se dejó zarandear igual que los hermanos mayores fingen pelear con los pequeños. Y para hacer más verosímil la lucha, en lugar de poner la cara, puso a Casillas. Así se explica que el portero fuera uno de los mejores de la noche.

La incertidumbre del partido sólo duró diez minutos, hasta que marcó Higuaín. En ese tiempo, el anfitrión peleó valerosamente y a campo abierto, demasiado abierto, cabe sospechar. El liberal Mateu Lahoz ignoró dos penaltis, uno por barba (a Cristiano y Joaquín), y Casillas interceptó con los pies y fuera del área un mano a mano con Rondón. Es lo más cerca que estuvo el Málaga de cambiar la historia. O de modificar su inicio.

En la siguiente ola se desbordó el mar. Di María buscó la espalda de la defensa con un pase interior y no sólo propició un gol, sino un terrible descubrimiento: centrales lentos, desajuste defensivo, falta de tensión y portero tiritando.

Rumor. Se corrió la voz, naturalmente. Tiren, tiren. Khedira, en su mejor partido de blanco (incluso de negro) probó desde la línea Schwarzenbeck y Rubén repelió con sofoco. Luego, después de una excelente exhibición de toques y ayudas (muy bien Kaká), llegó el segundo. Di María repitió asistencia, pero en pase largo y desde la banda cambiada. Cristiano se coló entre los dulces centrales y remató a placer. Cuatro minutos después, batió al portero de tiro raso, apartando las flores de un campo que debía estar minado. Por último, marcó de espuela en boca de gol. Bien visto, no es tan raro que Rubén tiemble.

Se entiende la desolación del jeque, entregado al tabaco compulsivamente desde su butaca en el palco. Llegados a este trimestre, su papel es el de esos padres que pagan la universidad en Estados Unidos para que el chico sólo apruebe ciencias nocturnas. Paciencia, señor, y mercado de invierno.

Completado un primer tiempo primoroso, el Madrid se puso a pensar en otra cosa, en el domingo o en el FIFA 12. Se le puede reprochar eso, pero es poco en comparación con lo anterior. Isco y Joaquín aprovecharon la rendija para asomar y salvar el honor, la imagen del grupo. Todos amigos, al final. Hasta eso está cambiando.

Cristiano hizo un Hattrick en 15 minutos.


Cristiano Ronaldo recibió el Trofeo Pichichi


Contra letal

El Real Madrid, un conjunto que rara vez pierde la concentración, ha elegido ese camino para golpear a sus rivales, a los que fulmina al contragolpe y con su tradicional y demoledora pegada.

No es la versión más bella que se podría ver de este equipo, capacitado para ofrecer más, pero es el argumento sobre el que se está apoyando para compensar otras carencias, pero, sobre todo, para sumar victorias que garanticen tranquilidad, que aseguren paciencia y que permitan al equipo no perder el paso en la clasificación. Esas son sus armas y las emplea con la máxima eficacia. Las sutilezas, de momento, sólo se pueden encontrar en la perfecta coreografía con la que el Madrid interpreta cada contragolpe.

Su última víctima fue el Espanyol, que nunca perdió la cara al encuentro y trató al Madrid con descaro, pero se fue de vacío, como se irán casi todos los conjuntos que no sean capaces de empujar al Madrid a llevar la iniciativa y obligarle a construir el juego a partir de una negación de los espacios, tan vitales para su supervivencia y su éxito.

El Madrid apenas necesitó dos latigazos para deshacerse del Espanyol, al que fulminó con dos golazos Higuaín, que volvió como quien nunca se ha ido. Con el partido cerrado, el argentino tuvo tiempo de completar un hat-trick y entre medias Callejón puso la firma al tercer tanto de la noche. Contribuyó con algunos destellos Kaká, tan animado con espacios como inocuo sin ellos, pero que va logrando compensar la escasa aportación del distraído Özil. Cristiano regaló dos asistencias y Lass y Albiol, las dos grandes novedades en el once inicial, estuvieron más que correctos, en especial el internacional español. El primero como escudero de Xabi Alonso, al que descargó de mucho trabajo, y el segundo como pareja de Ramos en el centro de la defensa. Varane se quedó esta vez sentado en el banquillo y Arbeloa ejerció de lateral derecho.

El Espanyol, un equipo descarado y que acostumbra a ofrecer un trato amable del balón, metió músculo en el centro del campo. Pochettino situó a Romaric para entorpecer el trabajo de Xabi Alonso. Fue la única transgresión que se permitió el Espanyol a su filosofía, a su idea de mirar hacia delante con más ilusión que hacia atrás, pero también con más inconsciencia. El equipo de Pochettino no entiende el fútbol de otra forma y el Madrid terminó por invitarle a dibujar el escenario que más le gusta. Le entregó el balón, le esperó en su campo hasta conseguir que el Espanyol descuidara su espalda y le golpeó a la contra. Un contragolpe perfecto, no tan deslumbrante como el que construyó contra el Ajax, pero igual de letal.

Kaká, Cristiano e Higuaín se juntaron para fabricar un contraataque al que puso firma el argentino. Otra acción eléctrica, rapidísima y ejecutada con la precisión de cirujano con la que el Madrid acostumbra a diseccionar a la carrera a sus rivales.

Apenas se habían consumido 17 minutos y el Madrid ya tenía el duelo y al rival donde quería. Pero bien pudo variar el panorama antes. A los dos minutos mandó Cristiano Ronaldo el primer aviso, un misil que entre Cristian Álvarez y el poste impidieron que se convirtiera en el primer gol. La respuesta del Espanyol llegó al cuarto de hora, cuando Romaric estuvo cerca de batir a Casillas con un tiro desde el centro del campo.

Pese al gol de Higuaín, el Espanyol no renunció a sus ideas y continuó buscando al inspiradísimo Casillas, al que exigió una concentración total y al que obligó a lucirse y a volar sobre el césped de Cornellà para mantener su portería cerrada. Especial empeño en ello pusieron Sergio García y Javi Márquez, uno de los mejores mediocentros de la Liga, un futbolista de enorme talento, que se comporta con el aplomo de un veterano y tiene una inteligencia natural para interpretar los partidos e imponer el ritmo que más le interesa a su equipo en cada momento. Javi Márquez es uno de esos futbolistas que tienen la virtud de que sus pases siempre acaban en los pies del jugador adecuado y en el sitio justo.

Se creyó con opciones el Espanyol, que llevó la iniciativa durante un buen tramo del choque y fue malgastando todas sus ocasiones hasta que la realidad volvió a golpearle. Fue a los 67 minutos, cuando Higuaín enganchó de primeras un buen pase al hueco de Arbeloa y sorprendió a Cristian Álvarez. Un golazo con el que el Madrid echó el cierre al partido.

Llegó entonces el momento para que Mourinho rescatara de lo más profundo de su banquillo a Callejón y Granero. Al primero le concedió un cuarto de hora y al segundo apenas cinco minutos. Callejón celebró la vuelta a la que fue su casa convirtiendo el tercer gol del Madrid después de una brillante acción de Cristiano Ronaldo. La rúbrica al encuentro la puso Higuaín, que reclamó su espacio en este Madrid con tres goles. No es mal argumento para empezar a hablar.

Cristiano e Higuaín, pareja letal a la contra.


Victoria frente un valiente Rayo

El partido ofrece razones para el optimismo y para la inquietud, sírvase usted mismo. El análisis más entusiasta nos señala la extraordinaria recuperación del Real Madrid, que encajó un tanto a los quince segundos y terminó metiendo seis goles que disparan los cañones del confeti. Y con diez jugadores durante 35 minutos, no lo olvido. La segunda lectura es más fría y se sirve cruda: el Real Madrid ganó al Rayo Vallecano jugando al contragolpe. En el Bernabéu y dominado durante largos ratos por su humilde vecino: en la segunda parte, el visitante acaparó la posesión hasta el 59%.

El examen del juego también acepta diversas perspectivas. Se podrá decir que Mourinho, hábil mariscal de campo, tocó las teclas adecuadas para hacer reaccionar al equipo. La sustitución de Lass por Özil en el minuto 28 tuvo el efecto de afilar los cuchillos del Madrid. Si el francés no se muda en los próximos días a París, habrá que considerarla un ejemplo de astucia. La entrada de Khedira y Benzema, ya en la segunda mitad, contuvo al Rayo en la misma medida que ayudó a sentenciarlo.

También se podrá afirmar lo contrario. Que el Madrid entró penosamente en el partido y que todos los arreglos posteriores fueron remiendos del problema primigenio: la crisis de juego. Ese bloqueo que persiste y que ayer se disfrazó de emoción desgarradora.

Sandoval tampoco escapa de esta crítica que se debate entre el elogio y el reproche. Su planteamiento fue hermosamente suicida y será recordado durante algún tiempo, hasta que solamente quede el 6-2. En lugar de acortar el campo, lo alargó hasta hacerlo llanura esteparia. Tan valiente fue que retó a un galgo en un canódromo. Tan hidalgo, que convirtió un partido de cara en un frenético intercambio de golpes que eran contragolpes a su mentón.

Fidelidad.

En definitiva: el Rayo quiso ser fiel a su estilo, aunque su estilo potenciara las virtudes del Madrid. Y el resultado es que palmó con la misma sonrisa que mostraba en el velatorio el cadáver de Bing Crosby, fallecido en 1977 en el campo de golf de La Moraleja por un fallo cardiaco en el mismo momento de embocar un putt.

Pero esa es otra historia. En la que nos ocupa nos quedará la duda de qué hubiera sido del Rayo si se hubiera ahorrado los momentos más conmovedores. Pero no lo hizo. Tras el gol de Michu buscó el de Lass Bangoura, sastre de Marcelo en varios trajes a medida. Me reitero: fue emocionante ver al Rayo comportarse como si no hubiera mañana, ni segundas partes, ni capitalismo, ni ira divina.

Su última pirueta fue reengancharse al partido después de que Cristiano (2) e Higuaín pusieran con ventaja al Madrid. Otra vez marcó Michu, que es un futbolista a tener en cuenta. Y la esperanza del Rayo se aferró luego a la boba expulsión de Di María.

Un choque tan inesperado sólo lo podía resolver un héroe imprevisto: Varane. El francés, que por alto se maneja como Lindbergh, marcó de espuela y mató al Rayito. Luego bailaron sobre su tumba Benzema y Cristiano, pero ni eso borró la sonrisa de Sandoval. Como Crosby, él había golpeado primero.

Cristiano anotó 3 goles.


Del pardillo al siniestro total

El mismo lugar y un crimen aún peor. El Madrid de Khedira y Kaká retrocedió estrepitosamente en Valencia y sufrió una de esas bofetadas cuyo dolor no remite hasta el final. La expulsión del alemán y un penalti clamoroso no señalado por Turienzo acentuaron el malestar general. Lo aprovechó un Levante encomiable, laborioso y pícaro. El Madrid rodó por la pendiente desde el regular hasta el horrible y se traspapeló tácticamente, con Cristiano y sin él, para regresar a la dinámica de verle el cogote al Barça.

Como en el mejor cine de acción, género que cultiva el Madrid, justificó la trama una pelea repleta de culpables y con un solo pardillo: Khedira. Turienzo se merendó una falta a Di María, éste lo pagó con una entrada desagradable a Juanlu, Iborra tocó la cara al argentino, que se desmayó como abatido por un balazo, Ballesteros se agachó para ‘comerle la oreja’ y Khedira se metió en el papel de absurdo justiciero, lo que le costó la segunda amarilla. Era el minuto 40. Ese enredo mató al Madrid en una visita llena de espinas por el oficio del rival, por el césped cuarentón, por la suplencia de Cristiano, por el empuje de una grada que hinchó como un pez globo al Levante.

Mourinho puso a Khedira para atender a la ortodoxia de un mediocentro puro junto a Xabi Alonso sin que haya demostración científica de que el guipuzcoano juegue peor solo que con compañía. Tampoco quedó claro en un curso de convivencia que el alemán mezcle bien con él. En partidos así, Xabi puede con la letra y con la música, con el corte y la creación, sin verse desbordado por el trabajo. Esa medida, más la suplencia forzosa de Cristiano, le quitó al Madrid el punto festivo, vigoroso y loco que le daba Coentrao en el centro. Con ese estilo plano que imprime Khedira (sin el cual el Madrid había ganado los tres partidos anteriores) recibió poco pero pegó muchísimo menos. Y en partidos así se pagan intereses de demora. Se alarga el tanteo y luego no queda tiempo para el KO.

Kaká no despega.
Tampoco tuvo éxito la dirección de obra de Kaká. El Madrid le necesita porque es un activo carísimo y porque alguien debe apretar a Özil, futbolista de rentabilidad variable, con demasiados minutos valle, más de los que se asumen incluso en el caso de los artistas. Pero Kaká no es ahora un jugador remolque sino, en el mejor de los casos, un buen acompañamiento. No fue el culpable pero tampoco la solución.

El Levante empleó todos los argumentos admisibles para su modestia: colocación, oficio ante el adversario y ante Turienzo y antipatía en los marcajes. Terrenos todos en los que se maneja con soltura Ballesteros, el jefe del partido. Y no pasó demasiados apuros, más allá de los que se buscó Munúa, con aceite en sus guantes. Benzema tuvo las dos ocasiones más potables: una la estrelló en las piernas de Nano con Munúa rendido, otra la despachó de un voleón cuando se exigía una vaselina. Conforme pasaron los minutos, el Madrid se ahorró los intermediarios, lo que, al contrario que en el mercado, encarece mucho las operaciones. Atascada en las trincheras la guerra convencional, el Madrid buscó el argumento nuclear de Cristiano. En realidad Mou le ve como el mejor nueve de cuantos tiene y así lo dejó claro en la cadena de clásicos del curso pasado. Y también como el antídoto perfecto en situaciones de inferioridad: nada mejor que poner a un futbolista que vale por dos.

Sin embargo, la cosa fue a peor para el Madrid. También para Turienzo, que se tragó un penalti por mano escandalosa de Iborra. Y el Levante fue cogiendo cuerpo y atrevimiento. Juanlu perdonó la primera, pero el Madrid ya había perdido el orden y la razón y Koné se lo hizo pagar. Su derechazo descomunal le mandó a la lona. Ya no se levantaría. Fue un paso atrás en la lucha por la permanencia, que diría Mourinho.

Cristiano empezó en el banquillo.


Hay Liga

Quizá no sea lo que pareció. Quizá la Liga no ande tan malita de desigualdad. El mejor Madrid posible, agrandado en el ánimo por el pinchazo del Barça, anduvo en vilo frente a un Getafe con una tercera parte de su plantilla inhabilitada. Encontró el atajo en un penalti de Cata a Cristiano al que le faltaron tres dedos para serlo y escapó por ahí, y por el tino de Benzema, de un mal trago. Del huracán de Zaragoza quedó sólo la cola, quince minutos. Luego un Getafe impecable le recordó que no le sobra tanto para transitar por la Liga.

El Getafe tuvo el mérito de no asustarse ni ante las inclemencias ni ante los accidentes. Minimizó los daños cuando se jugó al brutal ritmo del Madrid y ofreció respuesta cuando presintió que amainaba. Para el Madrid hubo sol, viento y lluvia. Fabricó ocasiones hasta que fueron multitud pero admitió dos goles y vio a Casillas hacer demasiados juegos de manos. Hubo más fuego cruzado del que esperaba. Coentrao fue bueno para unas cosas (la mayoría) y no tanto para otras, Xabi se vio desbordado, Özil tuvo poca llama y Carvalho volvió desmejorado de su bronca nacional.

El Madrid tomó impulso en el empate del Barça, que se había dejado segundos en una etapa llana, y tuvo una puesta en escena estupenda. En 15 minutos vació el cargador: ocho disparos y un gol. Colocó el partido a la velocidad de la luz y de ese ritmo se bajó el Getafe sin rechistar. Benzema se metió en su nuevo papel de devoracentrales y con eso, el toque de Özil, el sonajero de Marcelo y el empuje de Coentrao adivinó otro festín. Incluso Cristiano anduvo despojado de vedettismo para contribuir a la causa. El zumbido aturdió al Getafe.

Coentrao.

Se detecta que el Madrid ha pulido el juego a un toque en el tramo final. Velocidad, desmarque y precisión reunidos en tiempo y forma. Así llegó el 1-0, tras espectacular secuencia Özil-Marcelo-Coentrao-Özil-Benzema. Se repetiría después, con peor estocada de Coentrao, que no contiene su vocación de llegador, virtud y pecado, según los casos. Se ahorra en exceso los trámites, pero le encontrarán siempre cuando huela a gol.

Después se abandonó el Madrid y fue recapitalizándose el Getafe. El partido se le hizo más habitable en cuanto el rival le quitó velocidad a su carga. Y en esas llegó el gol de Miku, habilitado por Coentrao. Entonces afloraron su virtudes: la picardía de Sarabia, el peligro sordo de Pedro Ríos, el gatillo fácil de Miku, su jugador más influyente.

Y se entró en el intercambio de golpes. Pegó más el Madrid, pero también tocaron su mandíbula. Cristiano mandó una chilena al palo; Coentrao falló un gol a puerta vacía y le anularon justamente otro; Clos, el de los trece errores (catorce ya), vio penalti de Cata a Cristiano donde sólo había falta. Equivocación de bulto, quizá decisiva. Luego llegó el pase de Cristiano a Benzema para el 3-1, pieza de orfebrería de 40 metros de longitud. Un gol de alta costura. Entró Kaká para resolver lo que parecía resuelto y Miku decidió que habría pelea hasta el final, tras desempañar, con un recorte a Carvalho, el camino al 3-2. Higuaín, previo taconazo de Kaká, tuvo la última palabra. Fue la puntilla a un Getafe que casi arruina la apocalíptica campaña de Del Nido.

Cristiano Ronaldo celebra el gol del 2-1, suma ya 4 en dos jornadas.


Huracán Cristiano

Se acentúa la Liga de las superpotencias, que nos deparará muchos marcadores de tenis como el de hoy. Un Madrid mejor cocinado, como prometió Mourinho para su segundo curso, adquirió la categoría de huracán a su paso por Zaragoza. El equipo de Aguirre estaba en obras y acabó reducido a escombros tras pasar un rato horrible, persiguiendo fantasmas. Su consuelo es que al resto de los de su especie no les irán mejor las cosas. A costa de ese pelele reafirmó el Madrid sus nuevas convicciones, que parecen más firmes que las de hace un año.

La crisis ha adelgazado las plantillas profesionales y las ha llenado de jóvenes inexpertos de bajo coste, hecho que disparará el desequilibrio entre Madrid y Barça y resto del mundo, casi tercer mundo visto el partido de hoy. Porque la diferencia entre el equipo de Mou y el Zaragoza de los diez fichajes resultó escandalosa y alarmante.

A un toque

El Madrid ha dado un paso decisivo hacia la prosperidad. Sigue siendo el equipo vigoroso que edificó el primer Mourinho, pero ha subido varios peldaños en autoridad, valentía, posesión y hasta camaradería, embudo por el está cerca de pasar Cristiano Ronaldo. Hacer grupo no le restará goles. Ayer metió tres a un toque, prueba inequívoca de que le conviene la caza en manada. Se fue pichichi en mayo y vuelve como tal en agosto.

En este Madrid importan ahora el qué y el cómo. Y ese cambio de registro ha mejorado a futbolistas clave. En Özil cunde el desánimo si el partido no pasa por él durante muchos minutos. En La Romareda fue figura central porque la contundente posesión del equipo facilitó su genialidad. También ha dejado de aburrirse sin pelota Benzema, al que por fín Mourinho le ha sacado ese punto de emoción que necesitaba para despegar. El 0-1 nació de una pelota robada por él. Por cosas así el portugués concede matrículas de honor.

Coentrao, pivote forzoso

El partido tuvo una sola dirección y ni siquiera fue capaz de destapar el debate sobre si Coentrao, pareja forzosa de Xabi Alonso, torea fuera de sitio. Cabe apuntar que lo mejor lo hizo echándose la muleta a la izquierda y en arrancada. Es más de sorprender que de elaborar. Difícilmente quien nace extremo muere pivote. Pero aún así se le aprecia un nervio superior al de Khedira. Y, además, sentarse a misma mesa que Xabi Alonso se lo pone fácil. A Mou le tranquiliza tener cerca a Kaká y al equipo que ponga siempre al guipuzcoano. Dejó un supergol y el habitual aire de gestor de juego insuperable.

El Zaragoza, acorazado sobre un 4-1-4-1 con poca respuesta ofensiva, fue tragándose las ocasiones por tierra mar y aire hasta quedar calcinado. A Ponzio se le multiplicó el trabajo; Barrera, al que pusieron la camiseta antes de enseñarle la Plaza del Pilar, y Lafita apenas tuvieron oportunidad en campo ajeno; Uche se vio sin compañeros en 30 metros a la redonda; Roberto quedó condenado a superhéroe sin posibilidades de sobrevivir. Al Zaragoza le pudo ir aún mucho peor si el Madrid afina en los cara a cara que se procuró en la segunda mitad y dejó marchar. El equipo de Aguirre blandeó hasta el sonrojo, hasta arrancar la sonora indignación del público. Allí se huele el miedo desde el primer día.

El gol de Kaká

Partidos como el de hoy fomentarán el reparto de esfuerzos y la posibilidad de Mourinho de servir café para todos y mantener el vestuario como un roble. Callejón, Higuaín y Kaká participaron en el fin de fiesta. El brasileño, incluso, firmó un gol propio de sus días de gloria. Con ellos desde el principio o con los cuatro que le faltaron a Aguirre el Zaragoza también habría quedado hecho unos zorros. La bipolaridad de la Liga comienza a ser un trastorno.

Cristiano se estrenó con un Hat-trick esta nueva temporada.

Cristiano: “Mis goles llegan gracias al resto del equipo”
El jugador del Real Madrid Cristiano Ronaldo se mostró contento y satisfecho a la conclusión del partido que disputó su equipo en el estadio La Romareda ante el Real Zaragoza, correspondiente a la segunda jornada de Liga, y que acabó con el abultado resultado de cero goles a seis favorable al conjunto entrenado por José Mourinho.

El futbolista luso afirmó coincidiendo con el pitido final que “el equipo quería jugar bien y entrar con el pie derecho y lo hemos conseguido marcando seis goles en un campo difícil”.

Acerca de su primer ‘hat-trick’ de la temporada, logrado en este encuentro, el delantero aseguró que “primero hay que felicitar al equipo por la victoria. He conseguido marcar tres goles gracias a mis compañeros. Somos un equipo. Yo ayudo a ese equipo y ese equipo me ayuda a mí. No ganaremos nada si no estamos juntos”.

Cristiano aprovechó para reivindicar el papel del brasileño Kaká, autor de uno de los tantos de la goleada, dentro del equipo blanco. “Kaká es igual de importante para el equipo que el resto de los jugadores”. El jugador finalizó asegurando que “no hay ningún jugador intocable en el Real Madrid”.


Cristiano Ronaldo ya es leyenda

El madridismo no hubiera podido imaginar un final más feliz. Cristiano logró su cuadragésimo gol, cifra redonda e imponente, tanto como los 102 goles conseguidos por el equipo en la Liga, Benzema completó el mejor de sus partidos de blanco y es muy probable que el hat-trick de Adebayor le asegure su continuidad en el club. Hasta Dudek fue despedido ayer con honores militares aunque se pasó la guerra en la reserva.

Hay que admitirlo. Desde la eliminación de Champions, el Madrid se ha reinventado muy positivamente. Con Mourinho callado y Karanka en sordina, sin la tensión de los puntos, hemos recuperado al Madrid feliz, al atacante, al vertical, al que sólo se expresa sobre el campo. Es innegable que faltan alternativas al juego vertical y de contragolpe, pero ya hay suficientes méritos para registrar un estilo. En el fondo, si el entrenador asume la naturaleza del equipo, lo que queda es aprender a frenar en las curvas.

Pero ordenaremos el relato por el rango de los actores. Para empezar, el Pichichi histórico. Zarra fue olfato, según dicen. Hugo fue instinto, según vi. Cristiano es la misma esencia, pero en cuerpo de pantera. La superioridad física resulta fundamental para entender su juego y para razonar sus goles. Hay quien llega antes porque piensa antes; Cristiano llega antes porque corre más. Y porque salta más y porque allí, en el aire, se queda suspendido, un rato. Pero su fuerza natural no lo explica todo. El mundo, y el fútbol, se encuentra repleto de atletas mansos y de talentos distraídos. Cristiano es, además de las virtudes expuestas, un obseso. Un picado, que se dice ahora. Una especie de vengador de sí mismo. Muhammad Ali se hizo boxeador porque alguien, cuando era niño, le robó la bicicleta. Luego se pasó la vida dando puñetazos al ladrón. Pues eso, precisamente eso (una bici, un balón, un insulto), ha traído hasta aquí a Cristiano, 40 goles en Liga y 53 en el total de la temporada. Los que logró ayer ya están catalogados: remate en el segundo palo, el primero, y carrera directa al gol, el 40º. Sólo ese tanto le sació, levemente.

Adebayor fue el siguiente protagonista. Marcó tres goles de empujarla, dicho sea sin faltar, y así reivindicó tanto su habilidad como oportunista como su impagable aportación a la alegría del equipo. Es un hecho: desde que llegó él, el Madrid sonríe más. Si la felicidad importa, que siga. Benzema no se quedó atrás. Además del par de dianas, estuvo interesantísimo en todo lo que ocurría, maravillosa noticia para quien tenía en la desidia su principal defecto. También él quiere seguir y sería poco inteligente que otro equipo se aprovechara de tanta paciencia empleada.

Cierre. Y el final. Qué decir del Almería. Se presentó como un expulsado del paraíso, con la nostalgia de aquellos que no saben si volverán a pisar alfombras tan mullidas. Hubo breves momentos en que no pareció merecedor del descenso y hubo tramos, más largos, en que pareció habérselo ganado a pulso. No era su fiesta, no seamos crueles. Era la del Madrid, la de Joselu, que debutó a lo grande, la de un equipo que anoche lo ganó todo, hasta un partido.

Cristiano enloqueció con su gol numero 40.


Recordman Cristiano

La Liga se le ha hecho corta al Madrid, empeñado en que cuando esto acabe quede mucho de lo que presumir: goles, dignidad, futuro y un récord estratosférico de Cristiano. La conversión de aspirante a derrotado no le ha quitado el hambre ni el buen humor. Ha cambiado de futbolistas y de diseños y con todos ha sido estupendo en la recta final. En Bilbao, en Valencia, en Sevilla, plazas mayores. Ayer menos, pero jugó para Cristiano y para sí mismo, empeñado en aparecer pegadísimo al Barça en la foto final. El portugués ya está en la historia, junto a Hugo y Zarra, tras ese soberbio salto de 38 goles, una montaña que oculta todos sus defectos y le confirma como un futbolista descomunal. Los de ayer llegaron a balón parado, ejemplo de rematador de gran repertorio.

El Villarreal, en cambio, ha terminado pagando la descompensación entre su agenda de superequipo para todo y su plantilla limitada. Ayer empezó como un grupo seco, gastado como las suelas de Di María. Hace tiempo que pide la hora. Luego, el entusiasmo disimuló su fatiga aunque no le dio para puntuar.

Y el Madrid, con un dibujo capicúa, 3-4-3, le quitó de salida el balón y la autoridad. Mandaron Xabi Alonso y Granero, que demostraron de nuevo que no son cables cruzados, con Arbeloa y Marcelo elevados a centrocampistas por delante del trío Pepe-Carvalho-Ramos. El uniforme táctico tenía un brazo, el izquierdo, más largo que otro, lo que no le quitó prestancia. El Villarreal, sin la pelota, se quedó en casi nada. El casi fue Rossi, que es siempre salir a cazar con galgo. Tuvo la primera, tras plantarse como un velocista ante Casillas, que se pasó de frenada pero le dejó poco ángulo. Pepe llegó al rescate.

Marcelo.

Fue la primera de las malas noticias del lance. La segunda le llegó al Submarino de inmediato, en la contra del Madrid al saque del córner, emprendida por Benzema, reactivada involuntariamente por Bruno, alargada por Kaká y rematada por Marcelo con arranque de lateral, profundidad de extremo y remate picado de ariete. Un tres en uno. Lo que fue Roberto Carlos. Lo que ha sido él esta temporada. El Madrid mataba en largo, una suerte en la que Guardiola le reconoce como el mejor del mundo pero que no retrataba bien su dominio.

Para entonces Cristiano se había perdonado un gol al engancharse en la carrera. Lo remedió a balón parado, en un lanzamiento de derecha soberbio ante el que Diego López quizá despegó tarde. La alineación, sin Özil ni Di María, dos lanzadores, y con Kaká y Benzema, dos llegadores, no parecía ayudarle en su asalto al récord pero para las jugadas de bote no necesita socios. Luego el Madrid se ensimismó, se dejó ir y aparecieron Borja Valero (¿cuántos andaban de vacaciones en el Madrid el día que le evaluaron?) y Cani. El gol de éste, preparado con la elaboración que le ha dado tan buen nombre al Villarreal, igualó fuerzas. También contribuyó que Kaká y Benzema se evaporaran, costumbre molesta y repetida, y que Bruno apretara en el centro. Ruben perdió en el remate la ventaja de un gran desmarque y Granero buscó el gol-milagro desde el círculo central ante un desubicado Diego López.

Lo cierto es que hubo partido, pero estuvo más cerca de matarlo el Madrid, con dos buenas opciones de Özil, al que Undiano le anuló injustamente un gol, y un zapatazo de Cristiano, que de equilibrarlo el Villarreal. Con el suspense acabó la derecha de Cristiano, en una falta en el descuento que no dejó pasar. En ésta salió libre de sospecha Diego López: el pelotazo fue vertiginoso y colocado. Al Villarreal le queda la dulce penitencia de una ronda previa en la Champions y a Mourinho, el consuelo de haber conseguido que el equipo no perdiera adherencia al campeonato enganchado a un empeño de Cristiano. El desafío de uno es el desafío de todos. Y está a un paso.

Cristiano llega  a los 38.


Rompiendo records, haciendose leyenda

Victoria y otro festival ofensivo del Real Madrid en el Santiago Bernabéu. Acierto atacante del equipo de José Mourinho que hizo descansar a Iker Casillas y salió con Adán como titular. Cristiano Ronaldo marcó 3 goles y e hizo historia al conseguir su sexto triplete de la temporada. Özil y Benzema también brillaron.

Para ayudar a Cristiano en su conquista personal, estuvo Mesut Özil. El alemán sacó, a los 23’, un cruce perfecto hasta la cabeza de Ronaldo para el 1-0 y tuvo la calma y clarividencia necesarias para controlar un balón en el area, después de un rebote, levantar la cabeza y darle el balón al portugués para el 2-0, pasados 57 minutos en el partido.

En otra conquista personal está Karim Benzema. La suya es demostrar al entrenador José Mourinho que tiene lugar en el once titular y que no necesita de mucho para hacer goles. El francés entró en el partido para marcar después de unos segundos en el campo. Controló con calidad un pase en el área y remató para el 3-0.

Pero la noche era de Cristiano y de su hambre de goles. El portugués sufrió un penalti a los 90 minutos y se encargó de convertirlo para hacer el hat-trick y el 4-0 para el Real Madrid, que quiere despedirse de la Liga BBVA con la cabeza erguida.

Leyenda

El delantero luso del Real Madrid tiene claro que goles son amores. Con los 50 tantos que lleva en esta temporada (37 en Liga, seis en Champions y 7 en Copa) se ha convertido en el jugador que más veces ha perforado la portería rival en una temporada, récord que estaba en manos de Puskas, quien en 1959-1960 consiguió 47 tantos.

Cristiano Ronaldo tiene olfato de gol y, pese a que este año solo ha podido conquistar la Copa del Rey, ha firmado la mejor campaña de su carrera superando los 42 goles que logró con el Manchester United en la temporada 2007-2008.

CR7 deja también atrás el hito de Di Stefano y Hugo Sánchez que habían marcado dos goles o más en 11 partidos en una sola temporada. Con su hat-trick ante el Getafe, -octavo con el Madrid en Liga-, ya lo ha hecho en 12 ocasiones.

La realidad es que Cristiano Ronaldo lleva dos partidos enchufadísimo. Siete goles en los últimos 180 minutos le han situado, a falta de dos jornadas para que acabe la Liga, como máximo goleador con 37 goles (36 goles en las cuentas para la Bota de Oro, ya que la Liga no le otorgó el gol que marcó de falta ante la Real Sociedad en Anoeta, que rebotó en Pepe), seis más que el delantero argentino del FC Barcelona, Leo Messi.

De seguir la racha goleadora que lleva en sus botas puede lograr batir el récord que todavía ostentan los míticos Zarra y Hugo Sánchez que consiguieron 38 dianas en Liga en la temporada 1950-1951 y 1989-1990, respectivamente. Villarreal y Almería serán los ultimos rivales de los merengues.

Goles y más goles para CR7.


Cristiano a un paso de engrandecer su leyenda

La ambición de Cristiano, el alirón del Barça y el afecto al Getafe. Esas son las tres fuerzas que tiran del partido de esta noche. Las dos primeras son coincidentes: solamente una victoria impedirá que el Barcelona se proclame campeón esta noche y vencer con goles de Cristiano animará la última batalla que puede ganar el luso, la del Pichichi, la Bota de Oro y superar a Puskas.

Con ese interés se dibuja el partido, vinculado con la honra, en el caso del Madrid, y asociado a la supervivencia, si hablamos del Getafe. Porque la situación del vecino del sur es delicadísima: un punto por encima del descenso y nueve equipos peleándole la salvación.

La alusión de Míchel al cariño del madridismo hacia el Getafe, y por conexión directa hacia su persona, es un hábil discurso (no exento de verdad) que pretende trasladar el partido a un escenario sentimental. Él es una gloria del madridismo y, por si ese motivo no basta, en otros lugares estas cuestiones se solventan con pactos vecinales o regionales.

Pero por esos caminos no circula Cristiano. Ni el alirón. Y quien marcó cuatro al Sevilla desea ampliar sus dos goles de ventaja sobre Messi (33 contra 31), afianzarse como Bota de Oro (66 puntos contra 62), igualar a Puskas (47 tantos en una temporada), superarle, acercarse a Zarra y Hugo en Liga (38) y reivindicarse, en fin, como mejor jugador del mundo, algo que discutirán algunos, pero que no le negarían los números.

Cristiano suma y sigue batiendo records.


4 goles de Cristiano y goleada

El Real Madrid cuando actúa liberado es un buen equipo. Despojado de complejos y de ataduras tácticas llega a ser un conjunto divertido y nada antipático. Cuando va de cara, con el balón en los pies y se decide a jugarlo en vez de patearlo, devora a sus rivales. Todo ello sin perder el orden, la concentración y la intensidad que le han convertido en un equipo tan competitivo. Y si, además, tiene delante un rival distraído, como el Sevilla, el encuentro se convierte en una feria que empieza y termina cuando decide el Madrid.

Anuló al Sevilla y resolvió el encuentro en el primer tiempo. Fue una cuestión sencilla, un ejercicio de precisión, brillantez y contundencia para el que no encontró oposición. Da gusto ver al Madrid en estas situaciones, cuando todos los ojos se fijan en las habilidades de sus futbolistas y nadie se preocupa del árbitro. Se habló sólo de fútbol y se agradeció, porque lo que no debería ser más que un ejercicio de saludable normalidad, nos parece una bendita extrañeza. Así está el fútbol.

Cuando el Madrid se pasea por un campo con la facilidad que lo hizo en el Pizjuán, siempre surge el debate de si es por sus méritos o por la debilidad del rival. Pues de todo hay. Fue tremendamente superior el Madrid, que jugó e impidió que lo hiciera el Sevilla, que también es cierto que no estuvo a la altura. Se esperaba más del conjunto de Manzano, al menos un mínimo de oposición en alguien que se está jugando su pasaporte para jugar la próxima campaña en Europa. Ni presionó, ni supo juntar sus líneas para cerrar espacios, ni defendió los balones aéreos, ni supo cortar la línea de creación de juego del Madrid.

Consiguió seis goles el Madrid, pero pudieron ser más, porque marcó exactamente los que quiso. Mientras, su defensa vivió uno de los encuentros más plácidos que se recuerdan. Pepe volvió a su sitio, que está en el centro de la zaga y no en el centro del campo; Lass y Xabi Alonso formaron un mediocentro que aportó equilibrio, contención y creación y la presencia de Benzema hizo aún más incomprensible su ausencia en los clásicos. Tan sencillo lo tuvo el Madrid que hasta Kaká se animó a intentar jugar y puso su firma a un buen gol.

Enfrente un Sevilla raquítico, sin espíritu ni juego que además sufrió nada más empezar la lesión de Fernando Navarro, lo que obligó a Dabo a actuar como lateral izquierdo. Hay días que uno debe acostumbrarse a vivir del revés. Pero tampoco Sergio Sánchez, Fazio y Escudé fueron capaces de aportar seguridad y contundencia. En el centro del campo, Capel, Zokora, Medel y Romaric navegaron a la deriva en el primer tiempo y sólo sacaron la cabeza del agua al comienzo del segundo, cuando se reorganizaron y se hicieron durante unos breves instantes con el control del choque, ayudados por la relajación del Madrid, que renunció al balón y buscó con descaro el contragolpe. Agradecieron también Kanouté y Negredo ese giro que dio el encuentro y que les permitió tener los pocos momentos de disfrute que tuvieron en toda la noche. Fue breve.

El control del Madrid fue absoluto en la primera parte. No tuvo respuesta y tampoco la admitió. Pasó por encima del Sevilla, que tuvo suerte de irse al descanso con sólo tres goles en contra. Cada córner era una amenaza de gol. Avisó nada más empezar Benzema, continuó la advertencia Cristiano y a la tercera ya no perdonó Sergio Ramos, que marcó de cabeza un córnero sacado por Özil.

La exhibición del Madrid continuó con un remate de Cristiano al poste y la completaron el propio portugués y Kaká con dos tantos antes de irse a descansar al vestuario. A la media hora, un pase de Marcelo lo devolvió Pepe con la cabeza al centro, después de un salto prodigioso, y Cristiano apareció para marcar, escoltado por Kaká y Benzema, atentos a la jugada. El tercer gol del Madrid lo firmó Kaká, con un balón bien tocadito hacia el rincón de la portería de Varas.

Se tomó un respiro el Madrid al comienzo de la segunda parte y el Sevilla se lo creyó. Fue un engaño con el que el Madrid terminó de acribillar a goles a su rival, que durante unos breves minutos pensó que la iniciativa era suya. La distracción del Madrid coincidió con sus dos primeros cambios, con la entrada de Adebayor por Kaká y de Albiol por Xabi Alonso. La presencia de Adebayor sirvió para alborotar el ambiente y poco más, mientras que Albiol cumplió en su labor como pareja de Lass en el mediocentro.

El nuevo panorama lo aprovechó Negredo para marcar. La respuesta que le dio el Madrid fueron tres goles más de Cristiano Ronaldo, que se divirtió como un niño con los espacios que le dio el Sevilla y con los que le generó Benzema, tan dispuesto a jugar para él como para sus compañeros.

El encuentro se fue diluyendo entre la amenaza a un castigo todavía mayor por parte del Madrid y los tímidos intentos del Sevilla por disimular la contundencia de la humillación. En esa lucha, el segundo tanto de Negredo no pasó de una simple anécdota.

Como no llegó a pasar de una anécdota un mal gesto de Arbeloa, que con el balón fuera del campo le dejó la pierna a Dabo, en un acción tan absurda, como fea e innecesaria. Pero sobre todo, fue un gesto poco inteligente que retrata a quien lo comete. Como quedó retratado Romaric al disfrazarse de vengador para ir a recriminar su acción a Arbeloa.

Se terminó ahí un partido en el que no hubo debate posible por la enorme diferencia entre Sevilla y Real Madrid, que con esta goleada retrasa el alirón del Barcelona.

Cristiano metió 4 goles y vuelve a ser pichichi.


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