Nosotros vimos nacer la leyenda

Cristiano Ronaldo

Final cruel

Heynckes tuvo mil razones para que Schweinsteiger no jugara el partido y 120 minutos para sentarlo. Quien fuera pulmón del Bayern y de Alemania se pasó el partido buscando sin encontrarse, pesado y lento. Heynckes no se dio por aludido. La parálisis del entrenador resultó inexplicable durante dos horas hasta que en el quinto penalti de la tanda más dramática que se recuerda el dorsal 31 de las camisetas rojas caminó hacia la pelota decisiva. Schweinsteiger. Como ocurre tantas veces en el fútbol, la sinrazón cobraba sentido. Los mejores habían fallado (lo hicieron Cristiano y Kroos) y el repudiado encontraba su oportunidad, el acabado Schweini, la última bala en el revólver del más alemán de los alemanes. Todavía resuena el bang, último ruido antes del silencio absoluto.

Si 90 minutos en el Bernabéu son muy largos, 120 son la eternidad en centrifugadora, ni hablar ya de los penaltis. Cómo sería el agotamiento, cómo la emoción, cómo los nervios y la angustia que antes de que el árbitro pitara el final de la prórroga, los rivales firmaron las tablas con los guantes de boxeo puestos. Cayó Boateng víctima de los calambres y se hizo la paz. Para qué más muertos. Entre los veintidós del campo y los 82.000 de la grada existió la absoluta convicción de que la suerte estaba echada y de que ganaría uno, aunque lo hubieran merecido los dos.

Pero la tortura todavía admitía otro giro. El primer lanzamiento lo convirtió Alaba (19 años), el futbolista más joven en cumplir 50 partidos en la Bundesliga, superando a Schwarzenbeck, les sonará el nombre y el gafe. Después le tocó a Messi y digo bien. Cristiano se aproximó al Adidas Finale 12 con el fantasma del argentino agarrado a su gomina y de tanto perseguir sus pasos le siguió también en el salto al vacío. Neuer paró una pesadumbre de chut, ni ajustado ni potente, porque no lo pegó Cristiano.

A continuación marcó Mario Gómez (2-0), porque para completar la paradoja otro español (o cuarto y mitad) tenía que participar en el asesinato de los equipos españoles, los grandes favoritos, ustedes recordarán. De vuelta, en el segundo penalti del Madrid, Neuer volvió a la misma esquina para detener el tiro de Kaká; la condena parecía segura. Sin embargo, Casillas detuvo los dos siguientes y Xabi encendió una luz que se apagó cuando Sergio Ramos, héroe de una temporada entera, perdió la pelota en un fondo. Ahora está claro, cómo no haberlo previsto, cómo no habernos preparado para la tragedia. Dijo Albert Einstein (alemán, por cierto) que Dios no juega a los dados, pero nada comentó sobre su relación con el fútbol.

Iguales.
Así terminó la aventura del Real Madrid en la presente Champions, con absoluta dignidad, con los mismos merecimientos que el Bayern, pero con ninguno más. El dato es relevante. Su superioridad terminó después de un primer cuarto de hora maravilloso, con dos goles entusiastas, impulsores de una felicidad que era mentira.

El primero, de hecho, combinó el salvaje rugido del Bernabéu con el temblor del Bayern. Marcelo cambió el balón de costa y Di María lo empalmó con el alma (sector zurdo), tropezando con el brazo del aterrorizado Alaba, protagonista, todavía no lo sabía, de otra maldita historia circular.

Cristiano, tan ufano como un millonario en el Titanic, marcó el primero y no tardó en celebrar el segundo. En esa ocasión se lo regaló Özil, que fue quien le desenrolló la alfombra roja.

Pocos lo advirtieron entonces, pero el partido repetía sádicamente el argumento del Barça-Chelsea. De la felicidad más absoluta, dos goles en 13 minutos, se pasó al escalofrío que anuncia las malas noticias. En este caso no era tanto la acumulación de augurios nefastos, como la enorme fortaleza con la que el Bayern se puso en pie. No hay mayor desconcierto para un pistolero que el enemigo inmune a las balas.

Cuando Robben acortó distancias de penalti un objeto no identificado cubrió el cielo de los madridistas: era la sombra del Camp Nou. Casillas adivinó la dirección del disparo y el balón tuvo que doblar sus últimas falanges para terminar en la portería. De haberlo parado, Robben hubiera pedido el inmediato ingreso en un monasterio tibetano.

El penalti que provocó la pena fue un nuevo exceso de Pepe, impecable en lo demás, pero un defensa que nació en la marmita de la excitación y no necesita estímulos externos. El central atropelló a Mario Gómez cuando el delantero todavía tenía que alcanzar el pase de Kroos, cabecear y batir a Casillas; un mundo.

El Madrid cedió campo y terminó por ceder también la pelota. Xabi se había retrasado mucho en auxilio de la defensa y el Bayern había ganado la medular, a pesar de la incomparecencia de Schweinsteiger, polizonte de un gran partido; esto está escrito antes de su penalti y así queda, como testimonio de la ignorancia humana. Kroos, entretanto, se revelaba como un futbolista de los que valen por media docena.

Se intercambiaron golpes y pánicos. Pudo marcar el Bayern y pudo hacerlo el Madrid, replegado como le gusta, aunque sin las fuerzas que exige el repliegue. Con media hora por delante, el Madrid era el Chelsea con Cristiano en el papel de Drogba. La comparación es exagerada, lo sé, pero los sentimientos eran idénticos. A Fernando Torres ya le atronaban los oídos.

En los últimos minutos del tiempo reglamentario el partido se jugó en el corredor de la muerte: el nudo en el estómago, la esperanza en el corazón y el llanto en la garganta. Cada avance del Bayern sonaba como las pisadas del carcelero. En ese momento era más fácil gritar que pensar, más sencillo llorar que hablar.

Ceguera. Nadie quería arriesgar, nadie se asomaba del todo, el agotamiento se mezclaba con la prudencia y la fatiga con la estrategia. Los dos equipos ya eran dos boxeadores, de esos que se abrazan y parecen confundir el odio con el amor, y en esa ceguera de ojos hinchados mezclan ganchos y consuelos: si ganas, tú también lo merecerás.

En el minuto 74, Kaká entró por Di María, y conociendo el poco apego de Mourinho al brasileño, más que un cambio pareció una plegaria, un beso a la estampita del santo. Heynckes, sabio o loco, seguía sin hacer cambios.

Mario Gómez rozó el gol en el minuto 85 y estuvo cerca de evitarnos tanto sufrimiento y tanto placer sadomasoquista, porque hay ruinas preciosas. Su fallo fue ser bueno en lugar de tarugo, pues el magnífico pase de Robben necesitaba eso, un tipo con una sola idea. Gómez quiso recortar, poner lazo a una bomba y le estalló en las manos.

En la segunda parte de la prórroga Higuaín dio relevo a Benzema. Fueron los minutos de Kaká, desesperadamente delicado, aunque ligero e incisivo. Granero reclamó un penalti y una extraordinaria arrancada de Marcelo estuvo a un milímetro de dejar a Higuaín en posición de gol. Kassai señaló fuera de juego.

Al fin, el partido se trasladó al duelo Casillas-Neuer, el rey de los porteros contra su más prometedor aspirante. Tantos milagros de Iker jugaron en su contra, ya no hay quien lo dude. El chico alemán, en cambio, tenía a su favor el escudo del Bayern y una vida con más futuro que pasado, sin apenas gloria. Ya la tiene. Y la compartirá con Schweinsteiger, ese polizonte, ese futbolista acabado que ayer volvió a empezar. Bang.

Cristiano marcó 2 goles que no fueron suficientes.


Cristiano Ronaldo a 2 partidos del Balón de Oro

Cristiano Ronaldo buscará hoy antu su público el pase a la final de la Champions, una final que de ganarla ( frente al mismo rival que en 2008, el Chelsea), prácticamente le daria el Balón de Oro 2012.

El portugués lleva meses superando a un Leo Messi que, aunque parezca mentira, ha desaparecido en los momentos importantes. El argentino siempre daba lo mejor de sí cuando llegaba la hora de la verdad. En la presente temporada, no. Apagado en el Clásico y sin chispa ante el Chelsea (falló un penalti decisivo), el astro blaugrana se despidió del Balón de Oro.

En el otro lado está Cristiano Ronaldo. Soportando las críticas más absurdas y escuchando salvajadas semana tras semana, el portugués supo abstraerse para recordar que estamos ante un futbolista maravilloso. Torpedeó el Calderón, silenció al Camp Nou y va camino de firmar otra temporada de récord. Además, sus formas han cambiado. La ansiedad desapareció. La solidaridad se convirtió en su nueva virtud. De menos a más. De ser un crack a ser el mejor.

No es fácil decir que Cristiano merece un Balón de Oro. Y es que, vivimos una etapa en la que existe mucha dictadura verbal y poca capacidad analítica. Criticar a Leo Messi parece delito. Defender al Real Madrid o a sus jugadores es sinónimo de hooliganismo. Y en esas estamos. Luchando por una libertad mediática que los dueños de la verdad quisieron arrebatarnos.

Nadie dudará, jamás, de Messi. Nadie podrá decir, nunca, que el argentino es un jugador normal. Todos sabemos que el Diez del Barcelona es un crack indiscutible y va camino de marcar una época. Pero también debemos reconocer que, hoy por hoy, Cristiano Ronaldo está uno o dos puntos por encima de su íntimo rival.

Lo mejor para el portugués es que aún tiene la oportunidad de seguir distanciándose de su perseguidor. Lograr la Bota de Oro, alzar el título de Liga y poder levantar la Champions League le ayudan a la hora de encarar la fase decisiva en la lucha por el Balón de Oro.

¿Se lo merece? ¿De verdad merece llevarse el galardón? Preguntarán muchos. Y ante una cuestión tan vacía, lo mejor es responder con otra: ¿No se lo merece? Con los méritos firmados en el campo, cualquier debate suena ridículo. Cristiano Ronaldo, apunta a ganador del Balón de Oro 2012.

Cristiano Ronaldo ganó Balón de Oro y Champions en 2008


Dos genios han silenciado el Camp Nou

El Clásico del pasado sábado dejó una imagen para la historia. El goleador portugués Cristiano Ronaldo pedía calma al Camp Nou que soñaba con la remontada de su equipo. La estrella blanca ponía tierra de por medio y dejaba patente su clase. Este gesto recordó a muchos lo que un mito del madridismo, Raúl González Blanco, ya hizo en 1999 cuando mandó callar al estadio culé. Dos gestos y un mismo sino, la leyenda.

Raúl González Banco y Cristiano Ronaldo tiene predestinado ocupar un lugar privilegiado en la historia del madridismo. Ambos comparten multitud de virtudes, entre ellas el gol, y los dos llevan el mismo número a la espalda. Pese a solo coincidir un año en el vestuario blanco, los dos futbolistas serán por muchos años el estandarte del madridismo.

Hace trece años Raúl González Blanco enmudecía al Camp Nou. Con su gesto característico, una vaselina sutil, el ‘7’ blanco levantaba el balón por encima de Hesp y Reiziger no podía llegar al balón. Su celebración mandando callar al Camp Nou pasó a la historia, y muchos madridistas la enmarcan en una de las imágenes de mayor relevancia en la historia blanca.

Raúl nunca provocó a la grada, pero contestó así a los que habían atacado a su mujer, Mamen Sanz. Insultos e improperios varios de los seguidores culés que hicieron mucho daño al jugador y que este respondió como mejor sabe, marcando.

El pasado sábado la historia se repetía. Con el mismo número a la espalda que Raúl, Cristiano Ronaldo se presentaba en el santuario culé con ganas de liarla, y bien que la lió. Su tanto sirvió para ser el gran protagonista del encuentro, el futbolista decisivo, algo que algunos había tenido la osadía de poner en duda.

Como a Raúl, a Cristiano le increparon durante todo el encuentro. Insultos, descalificaciones y pitos. El portugués supo contestar como su ex compañero, con un gol de bandera que ponía justicia y que le servía para reivindicarse con un gesto claro: “Calma, calma, aquí estoy yo”.


Calma, el rey es Cristiano

Minuto 70 de partido. Alexis consiguió embocar toda una serie de rechazos en el área de Casillas para poner el empate en el marcador, la Liga en un puño y el Camp Nou boca abajo. Quedaban 20 minutos para el final y el público azulgrana veía posible darle la vuelta a un partido que se había puesto cuesta arriba. La crítica situación iba a medir la madurez del equipo de Mourinho.

Apareció el mejor Cristiano Ronaldo

Y Cristiano Ronaldo emergió para dar un puñetazo encima de la mesa y finiquitar la Liga. Özil filtró un pase maravilloso al portugués (lo más fácil era prolongar para la carrera de Di María, que ya apuntaba el desmarque) y Cristiano rebasó a Valdés. “Calma, calma, calma”, acertó a decir el ‘crack’ luso.

Con su celebración, tal vez con un punto de chulería, escenificaba el cambio de régimen y le decía al mundo que ahí estaba él. Seguramente, quedará dentro de la memoria colectiva madridista de la misma forma en la que quedó la imagen de Raúl silenciando el Camp Nou.

Lo cierto es que a Cristiano se le podrán discutir muchas cosas, pero no su insurgencia. En una época dominada por Leo Messi, la mejor virtud del luso ha sido desafiar a la lógica. El argentino es el mejor jugador del mundo, pero el portugués ha decidido la Liga. Se echó a su equipo a la espalda en el Calderón, hizo el gol que adelantaba al Madrid frente al Sporting en el Bernabéu y decidió el choque ante el Barça.

A un gol de marcar a todos los equipos

Tras su decisivo gol en el Camp Nou, Cristiano se encuentra a un paso de lograr otro registro estratosférico. Si CR7 consigue marcarle un tanto al Mallorca, le habrá hecho al menos un gol a todos y cada uno de los equipos de la Liga BBVA esta temporada, algo que no ha logrado nadie en la historia de la competición. Otro guarismo más que daría brillo a una temporada descomunal.

Encabeza el ‘Pichichi’ con 42 goles, uno por encima de Messi, y ha conseguido que su pólvora sea tan letal tanto en el Bernabéu como fuera de casa. El portugués ha metido 21 goles en casa y otros tantos lejos de Chamartín. Si el Madrid consigue el doblete, el Balón de Oro será suyo.


Tacón de oro

El Real Madrid venció en Vallecas porque tiene a Cristiano Ronaldo y porque Fernández Borbalán masacró al Rayo. Ganó el Madrid porque le sobra la pegada que le faltó a un ambicioso Rayo, que jugó más y mejor e hizo méritos suficientes para llegar al gol antes que el Madrid. Su falta de tino en el remate acabó condenando a los vallecanos, que siempre miraron de frente a su ilustre visitante y nunca perdieron la cara al encuentro. Otro ejercicio de dignidad del Rayo, un equipo que entiende que la posesión del balón es la mejor forma de defenderse. Con esa filosofía puso en aprietos al Madrid durante buena parte de un encuentro del que no mereció irse derrotado.

El partido fue una demostración más de que el Madrid no necesita jugar bien para ganar y que cuando salta al campo sin la actitud y sin la intensidad necesarias, cualquier rival es capaz de hacerlo un lío. Cuando la iniciativa y el balón fueron del Rayo, el Madrid sufrió. Así fue durante todo el primer tiempo y en el tramo final del choque. Tras el descanso el Madrid salió más espabilado, adelantó líneas, se atrevió a presionar más arriba y acabó imponiendo su superioridad física. Aunque todo ello hubiera quedado en nada sin Cristiano, el único futbolista del Madrid que quiso la victoria desde el inicio. Se inventó un golazo de tacón apenas nueve minutos después de pasar por los vestuarios y a partir de esa acción, el partido fue para el Rayo como un intento de escalar el Everest sin oxígeno. Los tres únicos tiros peligrosos del Madrid en toda la tarde fueron de Cristiano. Uno acabó en gol y los otros dos los despejó un inspirado Joel, un portero con buena planta, reflejos, colocación y que transmite seguridad. Dejó inmejorables sensaciones.

La presencia del Madrid en Vallecas no intimidó al Rayo, que no varió su filosofía. Es un equipo que acostumbra a presionar la salida del contrario y exige la máxima precisión del rival en los pases y una concentración extrema. Al Rayo le sobra atrevimiento y ambición, juega el balón con descaro, no da un mal pelotazo y obliga al rival a que esté a su altura si no quiere quedar mal parado. No es un equipo que se asuste fácilmente este Rayo, que viaja por la Liga protegido con una coraza por las calamidades sufridas y regalando fútbol, con más lucimiento lejos de Vallecas.

El Madrid pareció desquiciado, incómodo, fuera de sitio, incapaz de dar dos pases seguidos. La culpa fue del Rayo, que le obligó a caminar cuesta arriba durante todo el primer tiempo. El juego fue del Rayo y el Madrid, incapaz de responder con fútbol, se entregó al contragolpe como única vía posible para intentar llegar al gol. En lo físico dominó el Madrid, en lo táctico y en el juego, el mando fue del Rayo, que llevó el partido por donde quiso.

Con Özil y Kaká durmiendo la siesta sobre el césped de Vallecas y Xabi Alonso ahogado por la presión del Rayo, sólo Cristiano se atrevió a inquietar a Joel. En estas situaciones es cuando más evidentes se hacen las limitaciones de Khedira, incapaz de estar a la altura que exige el Madrid cuando debe asumir la responsabilidad en la dirección. El alemán hace lo que puede y hay que reconocerle su abnegado esfuerzo, que ya es más de lo que se puede decir de Kaká, pero Khedira no está capacitado para manejar situaciones que requieren creatividad e imaginación.

Como tampoco está capacitado para estar en Primera Fernández Borbalán, que completó otra actuación muy deficiente, lo que ya no es novedad. Es un árbitro pésimo, que maltrató al Rayo Vallecano, perdonó la roja a Ramos por una agresión a Diego Costa que debió acabar en penalti y se inventó la expulsión de Michu por una acción con Khedira. El rayista tocó el balón y el alemán sufrió un desmayo.

Lo de Sergio Ramos fue a los 20 minutos, con todo un mundo por delante. Ramos sufrió una recaída de esas que le retrataban antaño y que ya creíamos superadas. En un intento quizá de ajustar cuentas pendientes, le dio un codazo a Diego Costa dentro del área. Le vio cómo llegaba por detrás y le saludó con un codazo cuando pasó a su altura. Una acción tan absurda como incomprensible que no venía a cuento. Ramos, que ya tenía una amarilla, debió ver la roja. Fernández Borbalán no señaló el claro penalti y solucionó la jugada con una amarilla a Diego Costa por protestar. Más argumentos para quienes defienden que en la carrera que mantienen Real Madrid y Barcelona, ninguno de los dos tiene autoridad moral para quejarse de los árbitros.

Diego Costa fue una pesadilla constante para Ramos y Pepe, a los que puso en aprietos como pocos lo han hecho últimamente. Lo acusó el Madrid y lo acusaron los centrales, más nerviosos e inseguros que de costumbre. Si la defensa del Madrid salió indemne no fue más que por la falta de puntería del Rayo, por alguna mano de Casillas y por la fortuna que también estuvo del lado visitante.

Como se vio cinco minutos antes del descanso, cuando Piti recortó con enorme facilidad a Arbeloa y lanzó un misil que se estrelló en la parte interior del poste más alejado de Casillas. El balón salió rebotado y se paseó por delante de la línea.

Con el susto todavía en el cuerpo, el Madrid inició la segunda parte con otro aire, más centrado y demostrando más intensidad, como ya ha quedado apuntado. Y a los nueve minutos se encontró con ese golazo de tacón de Cristiano que varió el rumbo del choque. El balón regateó un bosque de piernas hasta llegar a la portería.

A partir de ahí, el Madrid tuvo más presencia, que no juego, y Mourinho decidió utilizar los cambios para protegerse, todo lo contrario que el Rayo. Coentrao sustituyó al inédito Kaká, Callejón a Higuaín y Granero a Marcelo, lo que dejó a Cristiano como hombre más adelantado. Sandoval, el autor de esta gran obra que es el Rayo, retiró a Piti, Movilla y Casado para dar entrada a Lass, Trahorras y Tamudo. Metió imaginación y decidió mirar hacia delante sin importarle descubrirse atrás. Toda una declaración de intenciones.

El atrevimiento del Rayo no tuvo premio en la segunda parte porque Michu perdonó el empate, porque Casillas respondió con una mano excelente a un tiro magnífico de Casado desde más de 30 metros y, sobre todo, porque cuando el partido se consumía, Armenteros no acertó a rematar a puerta vacía. Por eso, por la falta de puntería del Rayo, Cristiano se llevó los tres puntos de Vallecas.

Cristiano celebra el golazo que da la victória.


El Madrid sigue imparable

Quien juega contra el Real Madrid no sólo se enfrenta a un equipo mejor, más dotado técnicamente, bendecido desde la cuna con la magia del talento. Se mide también a un equipo más fuerte y más ágil. Esa segunda virtud, digamos muscular, es la que impide cualquier escapatoria. El Madrid gana el partido de fútbol, pero ganaría también las carreras de sacos, el rescate y el pídola. Se trata, por tanto, de un adversario total, inabordable en el campo, en los 3.000 obstáculos y en las coreografías de Michel Teló.

Para el adversario de un monstruo así sólo cabe la resignación de los Washington Generals, aquel equipo que se dejaba marear por los Harlem Globetrotters. No hay otra opción. Ni siquiera perversa. Quien atiza a Cristiano descubre que Cristiano vuelve a levantarse tras sacudirse el polvo del edificio que se le cayó encima. El joven Álvaro sabe de lo que hablamos y el viejo tobillo de Cristiano también.

A los seis minutos ya ganaba el Madrid y a los 38 el Racing se quedó con diez jugadores. Habrá quien señale ese último momento como la clave del partido. Con 1-0 y el visitante descubriendo mundo, Cisma fue expulsado por doble amarilla. Su pecado, en ambos casos, fue tocar el balón con la mano, acción prohibida desde 1863. El problema, en la segunda amarilla, es determinar la voluntariedad del impacto. Cisma desvió con los brazos un centro de Cristiano y, aunque no se le puede exigir la amputación, sí cabe sugerirle el recogimiento. Con todo, la roja pareció un castigo excesivo e injusto para quien nada hizo por golpear la pelota, sino que se vio golpeado por ella.

Créanme si les digo que si no hubieran sido las manos de Cisma hubieran sido las manos de Manitú. El Madrid llegaba con cadencia y sólo Toño mantenía la intriga de un marcador abierto. Gracias a él el segundo gol se retrasó hasta el minuto 45, cuando Benzema burló sutilmente la salida de un guardameta a prueba de bombas, pero no de pellizcos. Ya dentro de la portería, Ramos y Bernardo se pelearon por un lugar en el acta.

El mérito del Racing fue volver tras el descanso. Y hacerlo con ánimo. El debutante Babacar cabeceó junto al palo en un contragolpe y alumbró una rendija para la sorpresa. Diop empujaba mientras Arana y Acosta se desplegaban por bandas… Sin embargo, atacar al Madrid es como escapar de Alcatraz. Excavado el túnel, superados los muros y burlados los guardias, toca lidiar con los tiburones.

A los diez minutos de entrar al campo, Di María logró uno de esos goles que tanto le gustan, zurdazo con efecto desde el flanco derecho. La cuenta la cerró Benzema con uno de los que le gustan a él: zambombazo sin mediar palabra.

Insólito.

Hubo otros prodigios. Kaká vio una amarilla por cortar una contra y se le recuerdan otras escaramuzas insólitas, incluido el escorzo que sirvió a Cristiano el primer gol. Ya en la segunda mitad, la iluminación perdió potencia un minuto, lo que aconseja revisión eléctrica al finalizar la temporada, enésima razón para no albergar la Copa. La última es que habrá que reponer el césped al término del campeonato. Para borrar las huellas.

Cristiano abrió el marcador con el 1-0.


Cristiano Ronaldo supera a Puskas y amenaza a Di Stéfano

El delantero portugués Cristiano Ronaldo logró el pasado domingo, ante el Levante, su decimotercer triplete como futbolista del Real Madrid, superando a Ferenc Puskas y situándose a la caza de Alfredo Di Stéfano, que se retiró marcando veintidós ‘hat-tricks’.

Los registros goleadores de Cristiano Ronaldo con el Real Madrid van camino de batir todos los récords históricos del club: 121 goles en 122 partidos. Si la temporada pasada fue la más goleadora, destrozando el récord de Telmo Zarra y Hugo Sánchez, al convertirse en el único jugador que marca 41 tantos en una campaña y 54 en todas las competiciones, en el presente va camino de superarse.

Ha marcado 27 goles en 22 jornadas de Liga y llega a 33 contando la Copa del Rey en la que el Real Madrid ha caído en semifinales ante el Barcelona y la Liga de Campeones en la que se encuentra en octavos de final.

Ante el Levante Cristiano firmó su decimotercer triplete desde que llegó al Real Madrid, el sexto de la presente campaña igualando a falta de 16 jornadas para el final del campeonato los que consiguió la pasada. Se sitúa entre dos mitos del madridismo tras superar a Puskas y comenzar la “persecución” a Di Stéfano.

En su primera temporada Cristiano logró su primer ‘hat-trick’ en la antepenúltima jornada. La pasada campaña ya batió récords y ahora ha conseguido tripletes en los partidos ante Rayo Vallecano, Osasuna y Levante en el estadio Santiago Bernabéu, más Real Zaragoza, Málaga y Sevilla a domicilio.

Con 94 goles en 85 partidos de Liga, Cristiano ya es dos años y medio el decimotercer goleador de la historia del Real Madrid. Clasificación que lidera Raúl González con 228 goles.

Cristiano ya es una leyenda blanca.


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